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miércoles, 14 de noviembre de 2012

Bond se resetea

Se han dado varias circunstancias para que el estreno de Skyfall haya estado precedido de una expectación incluso mayor que en las 23 ocasiones anteriores. Por un lado, la crisis financiera de la Metro obligó a los gestores de la franquicia, Eon Productions, a aplazar más de un año el rodaje. Por otro, el 50 aniversario desde 007 contra el Dr. No (Dr. No) ha supuesto una campaña sin precedentes: lanzamiento de la colección completa en Blu ray, exposiciones o subastas. Por último, la aparición de Daniel Craig como Bond escoltando a Isabel II en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Londres, acontecimiento seguido por millones de personas de todo el mundo.



Pero crear expectación es un arma de doble filo. Baste recordar, sin ir más lejos, lo ocurrido con la anterior entrega, Quantum Of Solace (2008), decepcionante continuación del apasionante arco argumental abierto con tino por Martin Campbell en Casino Royale, una de las mejores de la saga.

En Skyfall, por primera vez, una película de 007 pasaba a manos de un autor, un cineasta con lenguaje propio con un Oscar en el curriculum, aspecto éste no relevante pero sí novedoso. Sam Mendes ha dado buenas muestras de que es capaz de sacar chispas a los repartos y alcanzar (casi) la perfección formal en títulos como la brutal American Beauty, la estéticamente impresionante Camino a la perdición (Road To Perdition) además de las estimables Jarheads o Revolutionary Road.

Pero si hay algo achacable al cine de Mendes es su frialdad. Aunque su filmografía desborda carga emocional, ésta no acaba de traspasar la pantalla, mantiene las distancias con el espectador, diluyendo el poso que deberían dejar las desgarradoras historias que nos había contado hasta ahora. Era previsible, por lo tanto, que con Sam Mendes en la dirección, James Bond afrontaría circunstancias personales trascendentales para el devenir del personaje. Todo ello sin perder de vista la esencia de lo que una película de 007 debe tener.

En un chat promocional, Mendes y Craig me respondieron a este respecto (el de cómo mantener la esencia de la saga) que "No creo que haya una respuesta sencilla, pero lleva muchísimo trabajo hacer algo que tiene un toque tradicional, que permanece, pero a la vez es moderno, buscando la originalidad. (Sam). En Skyfall intentamos mantener la esencia de Bond, pero de la manera menos obvia posible (Daniel).


Y, sin desvelar aspectos fundamentales de la historia, es hora de decir que misión cumplida. Skyfall no solo cierra magníficamente el camino emprendido en Casino Royale sino que coloca la barra a una altura difícilmente superable para el siguiente ocupante de la silla de director.

La balanza se inclina claramente hacia lo que funciona frente a lo que no. En el primer aspecto sobresale el guión de los habituales Neil Purvis, Robert Wade a los que hay que añadir a John Logan (Gladiator),que ya ha firmado por las dos siguientes, la bella, acertada, variada y espectacular fotografía del veterano Roger Deakins, sobresaliendo la secuencia que se desarrolla en un rascacielos de Shanghai, elegante, original, impresionante. La canción de Adele es, seguramente, de las más brillantes jamás compuestas para 007, acompañada de unos magistrales créditos que dan más pistas que nunca sobre el argumento. Una lástima que la correcta música de Thomas Newman no saque más provecho de ella en momentos clave. ¡Qué decir del reparto! Es difícil poder juntar a gente tan competente, cada uno en lo suyo. Dando por hecho que Judi Dench y Craig ya han hecho suyos sus respectivos personajes, consiguen dar forma a lo que hasta ahora era un esbozo. Inteligentemente, Javier Bardem ha sabido coger de aquí y de allí para dotar a su papel de villano de elementos distintivos con respecto a otros de la saga, sacando hasta la última gota de jugo a las contadas escenas en las que está en pantalla, de forma que Silva perdurará en el tiempo, ocupando la silla más cercana a la de Auric Goldfinger, Blofeld o Max Zorin (referente claro).

Skyfall cumple con el triple objetivo de entretener (a pesar de su metraje), dotar de una mayor tridimensionalidad a un personaje con 23 películas a la espalda y, lo que es mejor, dejándote con ganas de más gracias a un epílogo que hará las delicias de todos los que sentimos aprecio por James Bond que, afortunadamente, will return.




sábado, 6 de octubre de 2012

50 años y hecho un chaval


Ceremonia de Apertura de los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Para los anales de la Historia de la televisión. James Bond (Daniel Craig) escolta a la reina Isabel II (la auténtica) hasta un helicóptero, sobrevuelan el Támesis, llegan al estadio olímpico y monarca y agente secreto se lanzan en paracaidas. Esta escena ilustra a la perfección la trascendencia de uno de los mayores iconos británicos: Bond, James Bond.

Mi primera experiencia con él fue a los diez años, en 1981,con Solo para sus ojos (For Your Eyes Only). Teatro Buenos Aires. Como si fuera ayer. Flipé con todo, los créditos con la canción de Sheena Easton, el vibrante inicio (siempre he sentido cierta fijación no explicable por las escenas de hundimientos), la persecución por la pista de bobsleigh, la caída libre de Bond desde uno de los peñascos en el ficticio San Cirilo quedándose colgado de una cuerda, me enamoré de Carole Bouquet y, sí, Roger Moore me pareció que bordaba su papel. Serio cuando tenía que serlo, guasón, galán y con inmejorable planta.

A partir de entonces no me he perdido una, es más, las espero con impaciencia. Son como el vino. Conoces el sabor, sabes lo que es y por eso repites, pero admite miles de matices y, a veces, alcanza lo sublime. Esto último con dos películas: Goldfinger y Casino Royale.

No ha habido, ni habrá, una serie que alcance el medio siglo en tan buena forma. Por supuesto que ha tenido altibajos, un puñado de películas objetivamente malas (hasta esas me gustan), pero no es menos cierto que ha logrado retener una esencia que permanece en mayor o menor medida inalterable. Y ya van cinco décadas. Ahí queda eso. ¿Cómo ha sido posible? Se me ocurren varias razones:

El personaje: Independientemente del actor que lo haya interpretado, Bond, tal y como fue creado por Ian Fleming, es lo que a la mayoría de tíos nos gustaría ser: viril, canalla, con una txorba-agenda envidiable, presupuesto para gastos ilimitado y, encima, con licencia para matar, el segundo verbo de la primera conjugación que más usa.


Eon Productions: El hecho de que desde Dr. No la última palabra la hayan tenido las mismas personas, al inicio los productores Albert R. Broccoli y Harry Saltzman (hasta que éste último vendió su parte por problemas financieros tras El hombre de la pistola de oro) y posteriormente los descendientes de Broccoli, su hija Barbara y su hijastro Michael G. Wilson, ha tenido una influencia definitiva en la uniformidad, que no homogeneidad, de la franquicia. Vital.

John Barry: Nadie entiende a James Bond sin su música. Autorías del tema principal aparte (atribuída en su melodía básica a Monty Norman), John Barry creó a lo largo de once películas el Bond Sound, recogido posteriormente y adaptado a los nuevos tiempos con oficio pero sin alma por David Arnold (recomendado por el mismo Barry a los productores tras el bodrio compuesto por Eric Serra para Goldeneye).

Ken Adam: También Peter Lamont, su sucesor. Diseñadores de producción de cuyos rotring han salido los míticos decorados de buena parte de la serie, en su mayoría construídos en los estudios Pinewood de Londres, que lo mismo reproducían los interiores de la mansión de Goldfinger, las entrañas de un volcán guarida (Solo se vive dos veces) o un petrolero que se traga submarinos (La espía que me amó). Fusión mágica entre localizaciones reales y recreaciones de cartón piedra, sí, pero meticulosas hasta el último detalle.


Maurice Binder: O los créditos de una película hechos arte. Una recopilación de la obra de Binder para 007 es un catálogo de tendencias del diseño entre los 60 y los 80. Una vez fallecido, Daniel Kleinman ha seguido (incluso mejorado) el legado de Binder con despampanantes ejemplos como Goldeneye.

Las canciones: Una recopilación de canciones compuestas para Bond incluye a, entre otros, Tom Jones, Paul McCartney, Nancy Sinatra, Shirley Bassey, Madonna, Louis Armstrong, Tina Turner, Duran Duran, Carly Simon o Sheryl Crow. Sobran las palabras.

Las localizaciones: Además de postales desde los lugares más glamourosos del planeta como París, Las Vegas, Venecia, San Francisco, Cortina D'ampezzo, Estambul, Egipto o Mónaco, 007 nos ha acercado (antes de que el cretino ese de Ryanair inventara los vuelos "baratos") a latitudes inaccesibles para el común de los mortales como las Bahamas, Tailandia, Japón, Hong Kong o los Alpes suizos. Y Londres, faltaría más, mucho London.

Iconos: Volviendo a la psicología masculina, es difícil resistirse a iconos tan freudianos como una buena botella de Bolinger, un vodka martini, un Aston Martin, la pistola Walther PPK o el Omega Seamaster (antes Rolex).

También están las mujeres, por supuesto. Pero ha habido millones de guaperas en el cine que se las han llevado de calle. Bond ha sido, es y será bastante más que eso.

Sé que no es lo más cool pero MI James Bond es Roger Moore. Sarcástico, cínico con las gotas justas de tipo duro. No me puede caer mejor. Lo que verdaderamente ha perjudicado su carrera es que ni él se ha tomado en serio como actor, pero ha sido el que más veces ha interpretado a Bond, hasta siete, era la opción preferida de Ian Fleming (pero tuvieron que optar por Connery ya que Moore estaba comprometido con El Santo) y en su grupo de películas están algunas de las mejores...y de las peores. Cuando Connery retomó el papel en Nunca digas nunca jamás (remake bastardo de Operación Trueno), Moore estrenó ese mismo año Octopussy y le ganó la partida en la taquilla. Por supuesto que la carrera de Sean Connery está a años luz de la de Moore. Pierce Brosnan aunaba buenas cosas de ambos pero los guiones no pasaban del aprobado raspado. George Lazenby tuvo una de las mejores historias de la serie pero el hecho de que él pasara de puntillas por el personaje ha dejado a 007 al servicio de Su Majestad en un injusto segundo plano. Timothy Dalton no acabó de encajar del todo con el personaje ni tuvo tiempo de moldearlo. Por el contrario, Daniel Craig, hasta insultado cuando se anunció su elección, ha sabido dar el salto que el personaje necesitaba, a pesar de la decepcionante, mareante, Quantum Of Solace. Pero es que Casino Royale es un peliculón. Veremos Skyfall. Sam Mendes dirigiendo y el gran Stuart Baird en el montaje son una garantía.

A Bond le queda mucho por contar, y a nosotros por gozar. God Save Bond!!

viernes, 20 de enero de 2012

Fría perfección

Aviso. No he leído ninguna de las novelas de la trilogía Millennium escrita por el fallecido Stieg Larsson, ni tampoco he querido ver sus adaptaciones para televisión (aunque se estrenaran en cines) made in Sweden. Las razones son varias, pero una de las fundamentales fue el saber que David Fincher iba a rodar el remake de la primera novela: Los hombres que no amaban a las mujeres.

Fincher es un cineasta atípico, aunque tiene que demostrar mayor versatilidad. Ya lo intentó con excelentes resultados en El curioso caso de Benjamin Button (2008), o en la interesantísima La red social (2010) pero se ve a la legua que se encuentra como pez en el agua en el thriller, o en el cine negro, entendido éste como película donde predomina la noche. Os propongo un juego. Pensad en algún plano o secuencia de su filmografía. Seguro que es oscuro, lúgubre, sórdido. En algún lugar oculto de Fincher, existe un rechazo visceral a la claridad o al color. Una imagen de Fincher es lo opuesto a un cuadro de Sorolla, por citar un artista particularmente luminoso.

Los magníficos y petrolíferos créditos, muy Bond en El mundo no es suficiente, sirven como negro preámbulo a la introducción de personajes, que se mueven en lugares lluviosos, fríos y apagados de Suecia, lugar donde se desarrolla la novela. Sabia decisión la de no cambiar la ubicación de la acción. La duración de los días en ese país y sus eternos atardeceres forzosamente tienen que marcar el biorritmo de sus gentes o, en este caso concreto, las retorcidas personalidades de la familia protagonista, los Vanger.

Daniel Craig es Mikael Blonkvist, un periodista en horas bajas tras perder un juicio en el que se le acusaba de difamación en un artículo de la revista Millennium. El barco se mantiene a flote gracias a la confianza en él de la directora, interpretada por nuestra añorada princesa prometida Robin Wright. Blonkvist recibe un encargo del patriarca de los Vanger (Christopher Plummer): investigar qué ocurrió con un familiar desaparecido hace 40 años a cambio de un salario considerable y de información vital para recuperar su prestigio profesional perdido. No estará solo en sus pesquisas. Le acompaña Lisbeth Salander (Rooney Mara), una joven hacker medio gótica medio punki, soberbia, con serios problemas de adaptación, un tutor legal al que le acaba de dar un chungo y un despreciable agente social.

La trama fluye bien, gracias al virtuosismo técnico de Fincher, quien está consiguiendo controlar su interminable imaginación para encuadres imposibles y, paulatinamente, se está transformando en un cineasta totalmente al servicio de la historia, escrita con trazo fino por un experto en guiones complicados como Steven Zaillian (La lista de Schindler, Gangs Of New York, Misión Imposible)

No obstante, a pesar de todo esto, la inteligente música de Reznor/Ross, un acertado reparto con el destacable esfuerzo de Rooney Mara para meterse (con éxito) en la piel de un personaje tan goloso pero tan difícil como Lisbeth Salander (no he visto a Noomi Rapace), el resultado final te deja frío, no trasciende de la misma manera que Seven o Zodiac, a pesar de visitar lugares comunes. Es lo que pasa cuando sacas Matrícula de Honor en Thriller. Se espera que repitas nota cuando la asignatura es la misma. Sin llegar al 10, se queda en un 8,5.

sábado, 29 de octubre de 2011

Tintín Jones

Spielberg ha repetido hasta la saciedad que su primer contacto con Tintín fue a través de una crítica francesa sobre En busca del arca perdida (Raiders Of The Lost Ark,1981) en la que se aludía constantemente a las similitudes entre Indiana Jones y el reportero del tupé y su fox terrier. Poco después contactó con Hergé, quien le confesó que era admirador suyo y que él sería el único director capaz de hacer justicia a Tintín en el cine.

Aquella frase, obviamente, se la tomó como una misión vital, más aún cuando el encuentro cara a cara nunca llegó a tener lugar ya que George Remí, el nombre real de Hergé, falleció unos días antes de su cita con Spielberg. Han pasado casi treinta años desde entonces. Él supera los sesenta y yo he llegado a los cuarenta. Seguimos teniendo la ilusión, parte de la inocencia pero, evidentemente, no somos las mismas personas.

Está claro que la tecnología ha tenido que avanzar lo suficiente para que, finalmente, se decidiera que la forma en la que se podía hacer justicia a Tintín y, por extensión, a su autor, era a través de la conocida como performance capture, iniciada por Robert Zemeckis en títulos como Polar Express o Beowulf (con resultados discretos) y perfeccionada por los profesionales de Weta Digital (trilogía El Señor de los anillos) en Avatar. Precisamente, la película de Cameron resultó decisiva para que Spielberg se decantara por Tintín como su siguiente proyecto como director después de la cuarta entrega de Indiana Jones (vuelven a converger sus nombres) y para que Peter Jackson se embarcara en el proyecto como productor y como director de la secuela. Inicialmente, está prevista una trilogía.

Adoro Tintín, aunque reconozco que los títulos elegidos para esta primera entrega (El cangrejo de las pinzas de oro, El secreto del Unicornio y El tesoro de Rackham el Rojo) no están entre mis favoritos. Yo hubiera optado por El cetro de Ottockar o La isla negra (ambos aludidos visualmente en la película) o, si era necesaria una aventura doble, la compuesta por Los cigarros del faraón y El loto azul, en la que Tintín viaja a China (Shanghai en plena invasión japonesa, una época ya abordada por Spielberg en El imperio del sol) ,y a Egipto y en la que no está acompañado del capitán Haddock. Seguramente, prescindir de él era un riesgo que no han querido correr. Cuestionable pero comprensible. Quiero decir que la capacidad de sorpresa con la que me he enfrentado a la película está muy limitada por mi conocimiento de las historias. La cuestión era no tanto qué va a pasar sino cómo me lo iba a contar Spielberg. Handicap considerable.

Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio empieza magistralmente, con unos créditos, poco habituales en Spielberg, en la línea (estilística y musical) de Atrápame si puedes (Catch Me If You Can), que suponen todo un ejercicio de agudeza visual sobre los títulos de la colección tintiniana a los que hace referencia u homenaje más o menos evidente.

La primera secuencia, magnífica como concepto, está protagonizada por el mismo Hergé quien, rodeado por varios retratos de sus aventuras (entre ellos los omitidos hermanos Bird) dibuja en un mercadillo callejero, con su característico estilo, a un  joven que resulta ser Tintín. De un plumazo, Spielberg sitúa al espectador en SU universo, dejando a Hergé el suyo. ¿Son el mismo? Claramente no. La técnica de línea clara fue en su día lo que hoy es la performance capture, es decir, novedosa. Cualquier intento de aprovechar la tecnología actual para trasladar de la página impresa a la gran pantalla de forma escrupulosa la obra de Hergé hubiera funcionado solo durante los primeros cinco minutos. Aquí, nos enfrentamos a un mundo tridimensional lleno de detalles, texturas, luces y sombras, poblado por seres hergianos que parecen actores con máscaras de látex, tal y como Warren Beatty ambientó su particular e infravalorada visión de los cómics de Dick Tracy.

Luego, comenzamos a habitar lugares comunes con la saga de Indiana Jones. No solo por el trepidante ritmo o la soberbia música del (casi) siempre inspiradísimo John Williams sino porque Tintín (Jamie Bell), en esta primera aventura cinematográfica, quiere encontrar un tesoro escondido. Para ello debe encontrar las pistas que le lleven a él, a poder ser, antes que otros individuos con aviesas intenciones encabezados por un tal Sacarine (Daniel Craig), el cambio más radical con respecto a las historias originales. Por el camino, se encontrará con el alcoholizado capitán Haddock (Andy Serkis) y juntos acabarán en una ficticia ciudad de Marruecos. ¿Existen parecidos con En busca del arca perdida? Bastantes, pero eso ya lo sabíamos.

Dice Spielberg que no se lo había pasado tan bien rodando una película desde E.T. Me lo creo. Le han regalado un juguete nuevo para hacer con él lo que quisiera. Y vaya si lo a hecho. Lo que no era posible rodar con personajes de carne y hueso, bien por presupuesto o por seguridad, lo ha incorporado a Tintín. Desde espectaculares persecuciones a un halcón en plano secuencia por las estrechas calles de una ciudad marroquí hasta una huida en hidroavión en mitad de una tormenta, pasando por la recreación de un combate de piratas en alta mar. Por primera vez, se ha adentrado como director en el terreno de la animación, en el de la edición digital, en suma, en otro mundo para él. Seguro que lo ha gozado, y nosotros también.


Que dos cineastas como Steven Spielberg y Peter Jackson unan sus talentos y sus reputaciones para sacar adelante la transformación de los míticos cómics del belga más internacional (con permiso de Poirot) da una idea de la trascendencia de la obra de Hergé a través de los años, cautivando a diferentes generaciones de todos los rincones del planeta. A buen seguro, al otro del Atlántico, estas aventuras de Tintín marcarán un antes y un después en la venta de ejemplares en EE.UU