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miércoles, 23 de enero de 2013

La sombra de John Ford

Las buenas películas, o aquellas que yo considero buenas, te dejan poso, huella, mácula indeleble salvo que alguna enfermedad neurodegenerativa trastoque el disco duro.

Steven Spielberg está relacionado, como director o productor, con un número considerable de las que componen mi lista. Entre ellas, Munich, lo mejor que ha hecho en la última década y probablemente en toda su magna carrera, que ya es decir.


Lincoln era uno de esos proyectos que ha tardado lustros en ver la luz, supongo que debido a múltiples factores. La última vez que yo recuerdo algo similar en su filmografía fue con la eterna gestación de Las aventuras de Tintín, cuya espera mereció la pena, o su visión de Peter Pan, que acabó convirtiéndose en la muy decepcionante Hook (El capitán Garfio). Con estos precedentes, había conseguido rebajar mis expectativas con respecto a Lincoln, hasta que me enteré que el guión venía finalmente firmado por Tony Kushner, el autor del excelso libreto de Munich.


Una vez vista, Lincoln confirma que cuando Spielberg rueda las palabras de Kushner se crea una química comparable a la que existe entre Chanel y el número 5 o, bromas a un lado, la que se estableció entre Robert Bolt (guionista de Lawrence de Arabia, Doctor Zhivago o La hija de Ryan)  y David Lean. El desafío aquí era hercúleo. Cogiendo prestada la novela de Doris Kearns Goodwin, Team Of rivals, como punto de partida, Kushner ha equilibrado con pulso maestro la Guerra Civil, las triquiñuelas, atajos, conversaciones y sesiones plenarias que culminaron con la aprobación de la 13ª enmienda a la Constitución americana, que suponía de facto la abolición de la esclavitud, con los conflictos personales, políticos y reflexiones de Abraham Lincoln, abarcando los últimos y trascendentales meses de su vida. Todo ello sin caer en el estereotipo, la hagiografía o los lugares comunes abordados en retratos anteriores, más o menos fieles a un periodo histórico del que existe abundante documentación.

Con el paso de los años, Spielberg está retornando de manera evidente a los orígenes de su cinefilia. Ya no hablamos de referencias aquí y allá, más o menos evidentes en los inicios de su carrera. En sus últimos proyectos, los más personales, en aquellos en los que prevalece el autor frente al productor (su gran dicotomía), Spielberg intenta ponerse en la piel de John Ford. Mejor dicho, en las pieles. La forma y el fondo de Caballo de batalla (War Horse) son los opuestos a Lincoln. Del exceso, tanto en el uso del color y la música como en los diálogos, emparentados con las fordianas ¡Qué verde era mi valle! (How Green Was My Valley!, 1941) o El hombre tranquilo (The Quiet Man, 1952), curiosamente también un proyecto personal de Ford, que tuvo que rodar westerns de encargo para conseguir financiarla, pasamos a la austeridad, el detalle, a la palabra frente a la imagen de Lincoln, como, salvando las diferencias, al Ford de El hombre que mató a Liberty Wallance frente al de Otoño Cheyenne.

Una paleta de colores fría, contrastada, con cielos blancos, la sobrecogedora música del maestro Williams que acompaña las estáticas imágenes de Janusz Kaminski, puro arte del uso de la luz que logra ensalzar mediante sublimes encuadres las interpretaciones del amplio reparto y la meticulosa ambientación diseñada por Rick Carter.

Spielberg no es JohnFord ni Lincoln es una obra maestra. El primer tramo resulta demasiado denso a pesar de los esfuerzos para que no lo sea. Pero sí es una virguería que va de menos a más, salpicada de instantes (como la forma de mostrar el magnicidio o la resolución de la votación de la 13ª enmienda ) solo al alcance de la mano de un genio. Algún día sabremos si, como nos han dicho, Liam Neeson se bajó del proyecto al dilatarse demasiado el rodaje o le pidieron que se fuera cuando Daniel Day-Lewis dijo sí a los cantos de sirena y se embarcó en un viaje que, por lo que él mismo ha manifestado, ha merecido la pena. No tengo ni idea si ES o NO ES Lincoln. ¿Alguien le ha visto?¿Existen documentos gráficos que describan sus andares, gestos o inflexiones? Decía Henry Fonda que la primera vez que se vio caracterizado como un joven Abraham Lincoln sintió la presión de tener que interpretar a un dios. El mérito aquí es justo el contrario, haber humanizado al mito, con sus virtudes y sus defectos, y encontrar el tempo y el tono para que los diálogos ocupen el primer plano. Sally Field lo da todo para poder estar a la altura con un personaje, el de primera dama, que se niega a ser una comparsa del desgarbado presidente. Sorprende el hinchadísimo James Spader como el lobbyista Bilbo o el siempre fiable David Strathairn. Se agradece el gesto de incluir al gran secundario Hal Holbroock, que ha interpretado a Lincoln varias veces en televisión, pero quien logra acaparar todas las miradas cada vez que aparece es Tommy Lee Jones, que devuelve a Spielberg la confianza con uno de sus mejores papeles, el del republicano radical Thaddeus Stevens, persona clave en los acontecimientos descritos.

No puede ser casual que esta película abarque el periodo de la vida del mítico presidente que dejó fuera El joven Lincoln de John Ford, otra vez él. Como si quisiera retomar donde él lo dejó, formando un díptico separado por casi 80 años. Tampoco es fruto del azar que se estrene en un momento en al que la sociedad estadounidense está dividida como nunca antes en la historia reciente. De manera recurrente, oímos el tic tac de varios relojes a lo largo de Lincoln (incluida una grabación real de uno que usó el presidente), dejando patente el paso del tiempo. Una cuenta atrás que Spielberg siente en su pescuezo, por ello no quiere perderse en proyectos intrascendentes. Me temo que no le va a quedar más remedio. Le ocurrió a John Ford, a Hitchcock y a él mismo. Así funciona Hollywood, y él lo sabe mejor que nadie.

lunes, 19 de marzo de 2012

Un sueño cumplido

Te pongo en antecedentes. Biblioteca del Belfry High School, una diminuta localidad del remoto Montana. Era octubre o noviembre de 1988. Entre los muchos libros, revistas y tomos de Mark Twain o Truman Capote, encontré perfectamente alineados una serie de anuarios de tamaño manejable, pasta dura en tonos verde oscuro, en los que se recogía lo más destacado del año tal. En las páginas finales, todos incluían a los protagonistas de ese año, cada uno en lo suyo, bien en el deporte, la política o cualquiera de las Bellas Artes.

En el ejemplar dedicado a 1980 figuraba entre los elegidos John Williams, que había sucedido a Arthur Fiedler como director titular de la Boston Pops, una de las orquestas más conocidas de Estados Unidos. Debajo, una dirección de contacto. ¿Cómo?, me pregunté. ¿Estoy viendo unas señas a las que poder escribirle?. Conviene recordar que estábamos en la época pre Internet, cuando el género epistolar gozaba de plena salud. El caso es que en la casa en la que yo vivía estaban a la última y tenían un IBM de los de entonces. Ya que hacíamos las américas, pues le escribo la carta en un ordenador. Toma ya.

Fue el momento de dar rienda suelta a mi todavía pobre inglés y contarle al maestro lo que su música me había inspirado (no solo a mí) y darle no sé cuantas veces las gracias. Creo que le enumeré cada uno de los vinilos y casettes (alguno era copia) de mi colección. Imagino que la carta era una chapa del copón, pero allí que se la mandé, hasta Boston nada menos. Con sellos y todo.

Ya me había olvidado de ella cuando, a principios de abril de 1989, apareció en el mail box, que estaba pegado a la interestatal 72, un aviso de correos a mi nombre. No era una carta de mis padres sino un sobre certificado procedente de...Boston. Te puedes imaginar el sobresalto, el aumento de pulsaciones, la bilirrubina, adrenalina y no sé cuántas hormonas disparadas. Todavía conservo el sobre, la carpeta de cartulina amarilla y, por supuesto, la carta de agradecimiento de John Williams y una fotografía suya firmada que, más de 30 años después, comparto contigo.

He querido contarte esto para que entiendas el significado que tenía para servidor el concierto de la Film Symphony Orchestra que ayer presencié en el donostiarra teatro Victoria Eugenia.  Como diría Matías Prats padre, marco incomparable y una de las paradas de su maratoniana agenda. Se trataba del John Williams Tour 2012, la primera gira de este osado proyecto empresarial al que deseamos, como decía Indy en el Templo Maldito, fortuna y gloria.

A pesar de que habían anunciado lluvia, lució el sol durante buena parte del día. Me acompañaba Gorka, una de esas pocas personas en tu vida a la que puedes llamar amigo. Hemos crecido juntos, yo bastante más que él la verdad, y hemos compartido infinitas tardes de cine y nuestra pasión por las bandas sonoras. John Williams siempre ha estado allí. No estaba él solo, claro, pero ocupaba y ocupa un lugar especial. Muy especial.

Poder contemplar a toda una orquesta durante más de dos horas interpretando parte del inmenso legado de Williams era, antes de empezar, un sueño cumplido. Por supuesto que conocíamos el programa, sabíamos de antemano que la selección hubiera sido otra si la hubiésemos hecho nosotros, pero daba igual. Además, las tecnologías actuales, las redes sociales, nos habían dado la oportunidad de comprobar el potencial de la orquesta y sonaba bien. Sonó muy bien.

Con puntualidad, el concierto arrancó con brío, interpretando la fanfarria y el himno que Williams compuso para las Olimpiadas de Los Angeles de 1984. Ya quedó claro desde el principio que la única pega que se le puede poner al conjunto es su sección de metal. Puntualizar que cumplieron su cometido, a veces alcanzando la excelencia, pero también fallando algunas, muy contadas, notas. De hecho, se notaba que el repertorio ya estaba muy rodado y el sonido ha mejorado desde los primeros vídeos que he visto hasta el recital de ayer.

Bueno, ya habíamos entrado en calor.

Si hay una parte de la obra de John Williams que salió bien parada fue su monumental aportación musical al universo Star Wars. El primero de los temas interpretados fue el de la princesa Leia, del episodio IV. Ejecución brillante, con los tiempos medidos al milímetro por Constantino Martínez-Orts, director y alma mater de esta gozada. Solo un infinito agradecimiento personal  hacia el compositor , como el que sentimos muchos millones en el mundo, justifica lo que este hombre ha hecho. Espero que John Williams se lo reconozca. Si es en persona, mucho mejor, aunque por carta mola. Te lo digo yo, Constantino.

El concierto de ayer me sirvió, entre otras cosas, para apreciar mucho más los matices y la riqueza del trabajo de Williams para la primera entrega de Harry Potter. Un mundo maravilloso, el fragmento del score elegido, desplegó toda la capacidad del maestro para transmitir infancia, navidad, jovialidad e inocencia.

Bravo por la inclusión del tema principal de Las cenizas de Ángela, el dramón de Alan Parker, una de las muchas joyas desconocidas para el gran público. Ha tenido que ser hasta doloroso compensar los temas que todos queremos oir con aquellos que muestran mejor la calidad o complejidad en la composición, abundantes en su última época.

Llegaba de nuevo el turno de la pompa y circunstancia. El Patriota hizo sudar tinta china a los flautistas y quedó correcto con los arreglos introducidos. Este es uno de los temas, a mi entender, prescindibles.

Los últimos tres de la primera parte, para quitarse el sombrero. Sí, se le escaparon un par de notas al solista, pero el Cuento de Viktor Navorski de La Terminal quedó divertido y puso de manifiesto la dificultad de interpretar una pieza que, en disco, parece simple. Como la propia película. Nada más lejos de la realidad. Nacido el 4 de julio es una debilidad personal. Se me pone la piel de gallina solo pensando en la belleza de la sección de cuerda sacando jugo a una inspiradísma partitura. Creo que es de lo mejor que ha compuesto jamás. Antes del descanso, un indispensable. El tema de Supermán, literalmente, voló sobre el Victoria Eugenia a la velocidad del rayo con una ejecución sobresaliente, pero, siendo exigentes, mejorable.

Tras la necesaria pausa, en la que pudimos escuchar entre bambalinas alguna pista de los bises, otro de los temas, a mi juicio, prescindibles de la noche. The Cowboys es una obra simpática, disfrutable, pero poco más.

Conviene apuntar aquí que, para ciertas grabaciones, Williams se ha rodeado siempre de los mejores. Que quiere una armónica, llama a Toots Thielemans, un cello, a Yo Yo Ma y, si lo que hace falta es un violín, nadie mejor que Itzhak Perlman. Aunque el primer violinista erró, sobre todo al principio, salió más que airoso de la complicada interpretación de esa maravilla que es Recuerdos. Y es que, La lista de Schindler son palabras mayores.

Qué mejor que tener el corazón encogido para enfrentarte a una potente versión del temazo de Tiburón. Precisamente, este fragmento, junto al de The Cowboys, permitió comprobar lo que ha evolucionado la forma de componer deWilliams desde los 70 y 80 hasta la actualidad. Muy acertado el alternar épocas.
El concierto siguió con el inspirado tema de amor de El ataque de los clones, interpretado de manera impecable, al igual que la sintonía de la NBC, muy similar a la de Cuentos asombrosos.

El director ya ha dicho en varias entrevistas que ha pretendido hacer labor didáctica con estos conciertos. Ir más allá de las melodías más conocidas. Un botón de muestra fue la inclusión de Una vuelta por la Academia del score de El reino de la calavera de cristal, la discutida cuarta entrega de Indiana Jones. Música incidental para subrayar una persecución por el campus del Marshall College que pone de manifiesto el oficio del compositor de bandas sonoras, es decir, acompañar a lo que ocurre en la pantalla. A veces en primer plano y, como en este caso, en segundo. Algunos discutirán esta opción entre los miles de cortes a elegir en la filmografía de Williams. Yo creo que es tan válido como cualquier otro, y probablemente de los pocos con las partituras disponibles, que es un aspecto a tener en cuenta.

Llegó la hora del final (oficial). De nuevo Star Wars. La fanfarria de la entrega de las medallas del episodio IV y sus créditos finales. Lo que se dice un broche de oro. Ovación cerrada y varios puestos en pie, Gorka y yo entre ellos. A fuerza de aplaudir, Martinez Orts subió al podium y anunció el primer bis: la marcha de Indiana Jones. Un clásico pero que, nuevamente, flaqueó en la sección de metal. Más aplausos y bravos del respetable. La orquesta puesta en pie, con gesto impasible, esperaba las instrucciones del jefe, que entraba y salía haciéndose de rogar. Tocaba sudar para más propinas. Llegó el turno de...1941, discutible elección pero que seguía el tono marchoso y marcial del epílogo. El público entregado quería más, queríamos mucho más. Se escuchaban silbidos, pataleos que retumbaban en las plateas. Todo valía.

El esfuerzó mereció la pena. El director anunció que "para finalizar" un tema que "significaba mucho" para mucha gente. Y tenía razón. No se entiende un concierto homenaje a John Williams sin la marcha imperial de El imperio Contraataca. Colofón a una velada para recordar.

Pensaba que estas cosas solo pasaban en Estados Unidos pero estaba equivocado. Ya se lo he dicho a directores técnicos de orquestas, alcaldes y a quien me ha querido escuchar. El público de las bandas sonoras existe y el lleno de ayer en el Victoria Eugenia, o en el Auditorio Nacional de Madrid, son buena prueba de ello. Gracias Constantino por tu fe, empeño y talento. La orquesta sonaba a John Williams, lo que no debe de ser fácil en directo, y has (habéis) hecho felices a muchas personas.

Me faltó E.T, uno de los cuatro oscars de su carrera y, a mi juicio, fundamental. Pude compensarlo parcialmente telefoneando a mi caaasa y escuchando Adventures on Earth en el coche a todo volumen de regreso a Bilbao.

Durante la ovación del final, alguién gritó: ¡Viva John Williams!. Eso, que viva. 80 años no son nada.

jueves, 16 de febrero de 2012

Dos cabalgan juntos

A ver. Esto para mí no es fácil. Comentar War Horse (Caballo de batalla) es escribir sobre una película dirigida por Steven Spielberg en este blog. ¿Y?, te preguntarás. Ya lo hice con Tintín. Es verdad. Puedo ventilar el comentario con mayor o menor inspiración y a otra cosa, mariposa.

Si he empezado diciendo que no es fácil es porque, si lo hago de verdad, desde las entrañas, hablar de Spielberg es como hablar de mi padre. Pero no como cuando alguien me pregunta por él y yo suelto un lacónico "como siempre, bien". Aquí estoy hablando de quedarme en pelotas, emocionalmente hablando. A corazón abierto, calzón quitado o como quieras decirlo.



Mi vida no sería la misma sin Steven Spielberg. Otros pueden decir lo mismo de Wim Wenders, Gandhi o el fundador del Opus Dei. En mi universo particular ha sido él. Me ha aportado mucho. Infinitamente más que la mayoría de mi familia. Cosas buenas y no tanto. Vamos, para aburrirte. Al final, nuestras biografías son un cúmulo de momentos y la vida todo lo que ocurre entre uno y otro. En la mía hay tantos instantes directamente relacionados o influenciados por él como por mi padre. Como lo oyes.

Hablar de Spielberg es hablar de John Williams, de magia, de conexión emocional, de terror, de aventuras, de dolor, de pérdida, en definitiva, de emociones. Y viseras. Por eso, escribir sobre su cine me da pudor. Que conste que adoro a Lubitch, Lang, Lucas,Hitchcock, Scorsese, Tarantino, Coppola, Hawks, Capra, Truffaut, Allen, Scott, Eastwood y muchos otros. Pero, por lo que sea, Spielberg es otra cosa.

Seguramente, mi primer momento con Spielberg fue de terror. Tendría 5 años cuando, paseando por una plaza, me topé con el poster de Tiburón (Jaws). Aquella enorme cabeza de escualo con su boca llena de dientes, entreabierta, dirigiéndose hacia la superficie a la caza de una incauta nadadora. Por supuesto, ni sabía que él era el director de aquello ni vi la película, pero me marcó. A parti de ahí, todo lo demás. Como director y como productor.

Steven Spielberg es un genio. Pocos o nadie domina la narración cinematográfica como él. No conozco un solo caso en el que autores (y genios también) con el ego tan crecido como Hergé, David Lean o Kubrick pasaran el testigo a Spielberg de proyectos para los que no se sentían capaces, por edad claro. Pudieron elegir a otro pero eligieron a Spielberg. Uno para trasladar al cine su creación (Tintín), otro para adaptar una novela de J.G Ballard (El imperio del sol) y el último para culminar un proyecto personal para el que era necesaria una tecnología que, cuando llegó, era ya demasiado tarde (Inteligencia Artificial).

Lo que pasa es que, al mismo tiempo, Spielberg es un tipo normal, sin excesos. Y eso sí que es raro. A lo largo de la Historia, la mayoría de las personas reconocidas como geniales en lo suyo, eran, como poco, especiales. Por no hablar de excéntricas o neuróticas. Él no. Tuvo que rodar La lista de Schindler para que cierta clase de público, crítica especializada llena de complejos, estereotipos y convencimiento de superioridad intelectual, admitiera lo que Spielberg ya había demostrado en innumerables ocasiones anteriores.

Otra cosa es que con ese dominio absoluto del medio, el resultado sea siempre perfecto. No. Decididamente no. Pero, en todo caso, una escena perfecta de Spielberg es mejor que filmografías enteras de la mayoría.

Si tuviera que quedarme sólo con cinco películas, por poner un número, éstas serían: Tiburón, En busca del arca perdida, E.T., La lista de Schindler y Munich. Son perfectas. Malas ninguna. Si me obligas a un par de ellas: 1941 o El mundo perdido. Entre las buenísimas (algunas mejores que otras) metería a El diablo sobre ruedas (entraría también en el top 5), La última cruzada, Minority Report, El imperio del sol, Salvar al soldado Ryan, Encuentros en la tercera fase, El color púrpura, Tintín Jurasic Park.

Atrápame si puedes, La terminal, Always (para siempre), Hook, A.I, Amistad, El templo maldito y El reino de la calavera de cristal o La guerra de los mundos están bien, con escenas memorables, pero no se pueden comparar con las anteriores.


War Horse (Caballo de batalla) se ubicaría en el segundo grupo. Nos encontramos aquí con un Spielberg que ha encontrado el vehículo perfecto para rendir pleitesía, a su manera, a uno de los grandes: John Ford.
Si bien su sombra era más o menos evidente en otros títulos, aquí podemos encontrar la esencia con la que Ford se sacó de la manga tantas obras maestras.

En la carátula de la versión españolas del VHS de Centauros del desierto (The Searchers), se incluia la opinión sobre ella de Spielberg, calificándola de obra maestra. Evidente reconocimiento que explica muchas cosas de War Horse, desde el tono, hasta el previsible pero no menos emocionante epílogo.

Pero no os quiero engañar. Si en Minority Report o Munich, el comunmente conocido como sello Spielberg quedaba diluído hasta extremos homeopáticos, aquí es el producto auténtico, sin complejos.

Basada en la novela de Michael Morpurgo, esta historia de un chaval y su amistad con un caballo extraordinario llamado Joey,separados a causa del estallido de la Primera Guerra Mundial, es la excusa para adentrarnos en universos que Spielberg domina a las mil maravillas. Como una marioneta, te dejas manipular hasta la lagrimita, bien por lo que ves, por lo que oyes o por ambas cosas a la vez.

Tiene un inicio renqueante, a pesar de las impresioantes imágenes de la campiña inglesa y de la atmósfera a cine clásico como El hombre tranquilo (The Quiet Man), pero, a partir de que Joey es trasladado al campo de batalla, todo cambia. La primera carga de caballería es magistral, sin querer compararla con el desembarco de Salvar al soldado Ryan pero casi. Se suceden los microrelatos, protagonizados por aquellos con los que se cruza Joey, a ambos lados de la trinchera y las secuencias, a cada cual más perfecta en lo formal, hasta un final que se puede tachar de cursi, noño, moñas o lo que se quiera. Bendita sensiblería.

Spielberg ha demostrado que es capaz de rodar Munich. Otros, pocos, quizás también hubieran podido rodarla. Pero solo Spielberg puede rodar una película como War Horse. John Williams ha cumplido ya 80 años. Él enfila los 70. Seguramente, el de ayer, con todos sus defectos, será uno de esos momentos que me acompañarán siempre.

En una escena, cuando el padre del protagonista (el gran Peter Mullan) lo ha perdido todo, sentado en un taburete mira a su mujer (Emily Watson), de pie junto a él, le dice con voz temblorosa y gesto de derrota: "Vas a dejar de quererme". Ella responde: "Te puedo odiar más, pero no quererte menos". Gracias, Steven, ¿puedo tutearte?.

jueves, 28 de julio de 2011

Good Bye, Harry Potter

A lo grande. Sólo de esta manera podía finalizar esta saga cinematográfica, la más rentable de la historia. La primera parte de las dos en las que se dividió la novela de J.K Rowling, con escasas escenas de pura acción, mucho diálogo y desarrollo de personajes propio de otra clase de películas, unicamente podía justificarse si el epílogo iba a ser un tour de force repleto de pirotecnia, hechizos, respuestas y, por supuesto, el anticipadísimo encuentro final entre Harry Potter y Lord Voldemort. De todo eso hay en Las reliquias de la muerte Parte 2 (Harry Potter and the Deathly Hallows: Part 2) aunque, como en toda la serie, sales del cine con sensaciones contrapuestas.

Algunas secuencias quitan el sentío, flipantes en 3D, pero, ocurre frecuentemente en cualquier historia con infinitos personajes a los que dar su final, se crea un barullo muy chungo de seguir. No deja de ser rutinario, del montón, un dejá vu, el esperado cara a cara. ¿Y para esto tanto rollo?, te preguntas.

Siempre que hable de estas 8 películas diré lo mismo: es el ejemplo perfecto de lo que siempre ha funcionado, a nivel técnico ojo. Presupuesto de Hollywood pero rodado por profesionales europeos, británicos concretamente. Si tengo que destacar algo por encima de todas las cosas es la inmejorable factura de todas y cada una de las partes, de la primera a la última. Por eso, antes que cualquier otro nombre, quiero poner en lo más alto del podio a Stuart Craig. Después de dar muestras sobradas de su talentazo en Superman, Un puente lejano, Gandhi, La misión, Chaplin, Las amistades peligrosas o Memphis Belle, se embarcó en un proyecto que le ha ocupado los últimos diez años de su vida y que le coloca a la altura de grandes directores artísticos británicos como Ken Adam o Peter Lamont, ya retirados. La traslación a imágenes de todo el universo de J.K Rowling, dotándole de ese look tan intemporal y al mismo tiempo contemporáneo, sin perder de vista la función de uniformizar la estética de la saga a lo largo de todas sus entregas, ha tenido que suponer un esfuerzo digno de varios oscars, BAFTAs o cualquier otro premio imaginable. Pura coherencia estética, a pesar del oscurecimiento progresivo de las tramas y la madurez de sus protagonistas principales.

Luego están los responsables de uno de los repartos más completos y complejos que recuerde. Además del trío Harry, Ermione y Ron, había que encontrar al resto de compañeros de clase, profesores, familias, villanos y un largo etcétera. El resultado no podía ser mejor. Si tengo que elegir, me quedo con las aportaciones de Alan Rickman y Ralph Fiennes. Los papeles oscuros siguen siendo más agradecidos y los matices de Severus Snape (Rickman) son de lo mejor de toda la saga.

En cuanto a los guiones, es de justicia admitir que Steve Kloves no lo ha tenido nada fácil y ha acabado con nota sus adaptaciones literarias, casi imposibles en los últimos títulos, mucho más largos y de los que había que quitar abundante material, quedarse con la esencia argumental, que el espectador no se pierda y con acción suficiente para que no se duerma. Suerte para él que con el último libro le han dado cuatro horas largas en lugar de dos. Y se nota. Los problemas de la trama en La orden del fénix, El cáliz de fuego o El príncipe mestizo han pasado a un segundo plano. Eso sí, es del género bobo engancharse a las aventuras o, mejor dicho, desventuras de Harry Potter en el tramo final. Quien haya visto Las reliquias de la muerte o sus inmediatas predecesoras no se habrá enterado de nada, pero no por culpa de las películas. Empezar por el final casi nunca es recomendable aunque este se siga con bastante facilidad, salvo en su primera media hora, incomprensible para no iniciados.

Probablemente, David Yates, el director de las cuatro últimas entregas, ha salido muy curtido de esta experiencia, que le habilita para embarcarse en proyectos de gran presupuesto donde su control artístico es limitado. Uno más de tantos cineastas de encargo cuya personalidad cuesta encontrar entre tanto productor con derecho a opinar, siete en esta película y Rowling una de ellas.

Me quedo con el granito de arena aportado por Alfonso Cuarón en El prisionero de Azkabán, tercer capítulo y punto de inflexión con respecto a los rodados por Chris Columbus. El giro al infierno que supo dar a la trama sentó las bases del desarrollo del resto de la serie, apoyado por la iconmensurable banda sonora de John Williams, cuyos temas para Harry Potter han sido bien aprovechados por Alexandre Desplat en esta espectacular traca final. Las ganancias son tantas que dudo mucho que entierren el filón. Como con Drácula, cualquier conjuro bien apañado será capaz de devolver a la vida al que no se puede nombrar. Me juego mi Nimbus.