martes, 23 de junio de 2015

James Horner: La cuarta "J"

Nunca sabes hasta qué punto te puede afectar algo hasta que ese algo ocurre. Y ha ocurrido. James Horner ha muerto. La avioneta que pilotaba se ha empotrado llevándoselo a otro lugar no terrenal a los 61 años. 

Nunca llegué a conocer a James Horner personalmente. Eso dificulta mucho llegar a encontrar lógica la sensación de desgarro, dolor,pérdida y pena que me ha sacudido esta mañana cuando me he enterado de su fallecimiento. Mi relación, y la de millones de personas, con él era únicamente a través de su música.

James Horner (1953-2015)
Era la cuarta J de mi baraja. John Williams, John Barry y Jerry Goldsmith las otras tres.Aunque suene cursi, Horner ha sido la J de corazones. Pocas cosas en mis 44 años de vida han logrado estremecerme tanto fuera del ámbito familiar o estrictamente humano como algunas de las melodías, piezas u obras completas compuestas por él para el cine.

Probablemente, mi primer contacto con su música en una sala oscura fue con 12 años, en 1983, con Star Trek 2: La ira de Kahn la película que le abrió las puertas a otros proyectos de envergadura como Krull, de temática similar, al año siguiente. Ese era el Horner épico, al que recurrían cuando los presupuestos no llegaban para Jerry o John en la década de los 80. El tema principal de Cocoon me llegó mucho más tarde, en una colección de vinilos, Cine & Música y con textos de Joan Padrol. Para entonces, ya me había incomodado y perturbado sin despeinarse con las oscuras sonoridades creadas para El nombre de la rosa. Pero cuando logró (y logra) hacerme llorar fue con su magistral trabajo para An American Tail (Fievel y el Nuevo Mundo) y esa canción tan sensiblera como extraordinaria Somewhere Out There, la historia de dos hermanos inmigrantes separados en trágicas circunstancias deseando volver a verse. Y yo un hijo único cuya familia hacía todo lo posible por separarse. 



Plagios a un lado, Willow y su uso de coros infantiles así como la puesta de largo del posteriormente célebre y parodiado a partes iguales parabará me acercaron más a un estilo inconfundible, a un idioma propio. Fue el primer vinilo suyo que decidí comprar. Pero mi rendición absoluta, mi adhesión de por vida, llegó con Glory (Tiempos de gloria). La magnífica película de Edward Zwick te deja emocionalmente muy desarmado con lo que en el instante en el que llegan los,nunca mejor dicho, gloriosos créditos la música de Horner termina de grabarte a fuego una experiencia cinematográfica imborrable.



Con sus altibajos, seguía siempre a Horner, en una era pre-internet, a través de las revistas especializadas. Esperando algo similar a lo vivido años antes. Y volvió a ocurrir, pero con una película que jamás creí que podría afectarme. Me refiero a Casper. El tema de la canción de cuna, de una sencillez extrema, resume lo que Horner es capaz de lograr con un piano y muy pocas notas. No hay vez que lo escuche que no se me ponga un nudo en la garganta. Hoy he llorado desconsoladamente al hacerlo. Muchas emociones al mismo tiempo. 



Casper salió de la fértil imaginación de James Horner en el mismo periodo que Apollo XIII, Braveheart y Leyendas de pasión. Ahí es nada. Pocas veces, por no decir ninguna, un compositor ha conseguido alcanzar niveles excelsos en cada una de sus obras en tan poco tiempo.



Pero, a decir verdad, nada volvió a ser igual después de 1995. Sí, ya lo sé, Titanic es la banda sonora más vendida de todos los tiempos, dio a Horner fortuna y gloria, pero yo añoraba la frescura de la otra gloria, la los tiempos de Glory. Probablemente también la mía.

Más tarde, con la universalización de internet, James Horner fue blanco de las críticas más duras en foros de diverso pelaje, incluso llegando a insultos cuando relevó a Gabriel Yared en Troya. Los ataques hicieron mella y él decidió colocarse en un segundo plano, con solo cinco películas desde la hipnótica, espléndida, curradísima, compleja y larga banda sonora de Avatar. Cameron le recuperó cuando otros como Ron Howard le dieron la espalda.



Él lo ha dicho en muchas ocasiones. Usa las melodías que considera más apropiadas para que nuestro corazón sienta lo que la escena transmite. Eso incluye la multitud de autorreferencias, parabarás o supuestos plagios. No quiero sonar pedante. Adoro algunas de partes del score de Titanic, particularmente el solo de piano interpretado por el propio compositor (The Portrait) o el tema Southampton. También Bincentennial Man,incluso Mi gran amigo Joe, Una mente maravillosa con su recurrente uso de la voz infantil, Rocketeer o las películas que hizo del Zorro atesoraban el oficio, la maestría, con instantes para repetir una y mil veces. 

The Amazing Spider-Man fue un reciente y grato reencuentro con el Horner épico y el de las sencillas pero efectivas melodías al piano. En todo lo que ha hecho en estos años, siempre ha habido algo, como un aroma que me retrotraía al cine Ayala, donde vi Star Trek 2. 

Eran otros tiempos. Si una banda sonora te impactaba no era tan sencillo adquirirla. Bien porque no se había editado, no la vendían en tu ciudad o porque la paga con ocho o nueve tacos solo daba para chicles de fresa ácida.

Digo esto porque ahora mismo, alguien que no conociera a Horner más allá de "Titanic", "Avatar" o "Braveheart" lo tiene fácil para hacerse una competa playlist de su carrera en Youtube. Desgraciadamente, él declaró recientemente que cada vez le resultaba más difícil trabajar. Ya solo me queda una J de la baraja.

No te lo pude decir ni escribir en vida, como sí lo he hecho con otros. Gracias.

miércoles, 23 de enero de 2013

La sombra de John Ford

Las buenas películas, o aquellas que yo considero buenas, te dejan poso, huella, mácula indeleble salvo que alguna enfermedad neurodegenerativa trastoque el disco duro.

Steven Spielberg está relacionado, como director o productor, con un número considerable de las que componen mi lista. Entre ellas, Munich, lo mejor que ha hecho en la última década y probablemente en toda su magna carrera, que ya es decir.


Lincoln era uno de esos proyectos que ha tardado lustros en ver la luz, supongo que debido a múltiples factores. La última vez que yo recuerdo algo similar en su filmografía fue con la eterna gestación de Las aventuras de Tintín, cuya espera mereció la pena, o su visión de Peter Pan, que acabó convirtiéndose en la muy decepcionante Hook (El capitán Garfio). Con estos precedentes, había conseguido rebajar mis expectativas con respecto a Lincoln, hasta que me enteré que el guión venía finalmente firmado por Tony Kushner, el autor del excelso libreto de Munich.


Una vez vista, Lincoln confirma que cuando Spielberg rueda las palabras de Kushner se crea una química comparable a la que existe entre Chanel y el número 5 o, bromas a un lado, la que se estableció entre Robert Bolt (guionista de Lawrence de Arabia, Doctor Zhivago o La hija de Ryan)  y David Lean. El desafío aquí era hercúleo. Cogiendo prestada la novela de Doris Kearns Goodwin, Team Of rivals, como punto de partida, Kushner ha equilibrado con pulso maestro la Guerra Civil, las triquiñuelas, atajos, conversaciones y sesiones plenarias que culminaron con la aprobación de la 13ª enmienda a la Constitución americana, que suponía de facto la abolición de la esclavitud, con los conflictos personales, políticos y reflexiones de Abraham Lincoln, abarcando los últimos y trascendentales meses de su vida. Todo ello sin caer en el estereotipo, la hagiografía o los lugares comunes abordados en retratos anteriores, más o menos fieles a un periodo histórico del que existe abundante documentación.

Con el paso de los años, Spielberg está retornando de manera evidente a los orígenes de su cinefilia. Ya no hablamos de referencias aquí y allá, más o menos evidentes en los inicios de su carrera. En sus últimos proyectos, los más personales, en aquellos en los que prevalece el autor frente al productor (su gran dicotomía), Spielberg intenta ponerse en la piel de John Ford. Mejor dicho, en las pieles. La forma y el fondo de Caballo de batalla (War Horse) son los opuestos a Lincoln. Del exceso, tanto en el uso del color y la música como en los diálogos, emparentados con las fordianas ¡Qué verde era mi valle! (How Green Was My Valley!, 1941) o El hombre tranquilo (The Quiet Man, 1952), curiosamente también un proyecto personal de Ford, que tuvo que rodar westerns de encargo para conseguir financiarla, pasamos a la austeridad, el detalle, a la palabra frente a la imagen de Lincoln, como, salvando las diferencias, al Ford de El hombre que mató a Liberty Wallance frente al de Otoño Cheyenne.

Una paleta de colores fría, contrastada, con cielos blancos, la sobrecogedora música del maestro Williams que acompaña las estáticas imágenes de Janusz Kaminski, puro arte del uso de la luz que logra ensalzar mediante sublimes encuadres las interpretaciones del amplio reparto y la meticulosa ambientación diseñada por Rick Carter.

Spielberg no es JohnFord ni Lincoln es una obra maestra. El primer tramo resulta demasiado denso a pesar de los esfuerzos para que no lo sea. Pero sí es una virguería que va de menos a más, salpicada de instantes (como la forma de mostrar el magnicidio o la resolución de la votación de la 13ª enmienda ) solo al alcance de la mano de un genio. Algún día sabremos si, como nos han dicho, Liam Neeson se bajó del proyecto al dilatarse demasiado el rodaje o le pidieron que se fuera cuando Daniel Day-Lewis dijo sí a los cantos de sirena y se embarcó en un viaje que, por lo que él mismo ha manifestado, ha merecido la pena. No tengo ni idea si ES o NO ES Lincoln. ¿Alguien le ha visto?¿Existen documentos gráficos que describan sus andares, gestos o inflexiones? Decía Henry Fonda que la primera vez que se vio caracterizado como un joven Abraham Lincoln sintió la presión de tener que interpretar a un dios. El mérito aquí es justo el contrario, haber humanizado al mito, con sus virtudes y sus defectos, y encontrar el tempo y el tono para que los diálogos ocupen el primer plano. Sally Field lo da todo para poder estar a la altura con un personaje, el de primera dama, que se niega a ser una comparsa del desgarbado presidente. Sorprende el hinchadísimo James Spader como el lobbyista Bilbo o el siempre fiable David Strathairn. Se agradece el gesto de incluir al gran secundario Hal Holbroock, que ha interpretado a Lincoln varias veces en televisión, pero quien logra acaparar todas las miradas cada vez que aparece es Tommy Lee Jones, que devuelve a Spielberg la confianza con uno de sus mejores papeles, el del republicano radical Thaddeus Stevens, persona clave en los acontecimientos descritos.

No puede ser casual que esta película abarque el periodo de la vida del mítico presidente que dejó fuera El joven Lincoln de John Ford, otra vez él. Como si quisiera retomar donde él lo dejó, formando un díptico separado por casi 80 años. Tampoco es fruto del azar que se estrene en un momento en al que la sociedad estadounidense está dividida como nunca antes en la historia reciente. De manera recurrente, oímos el tic tac de varios relojes a lo largo de Lincoln (incluida una grabación real de uno que usó el presidente), dejando patente el paso del tiempo. Una cuenta atrás que Spielberg siente en su pescuezo, por ello no quiere perderse en proyectos intrascendentes. Me temo que no le va a quedar más remedio. Le ocurrió a John Ford, a Hitchcock y a él mismo. Así funciona Hollywood, y él lo sabe mejor que nadie.

lunes, 21 de enero de 2013

Sin trampa y algo de cartón (piedra)

El runrún en la sala de prensa del cúbico Kursaal donostiarra decía que Kathryn Bigelow era una directora atípica. Alta, esbelta, guapa...pero con mala hostia. Muy mala. Que no se le preguntara esto o aquello (James Cameron figuraba entre los temas tabú), que no daba entrevistas, que si era rara. Lo cierto es que el motivo por el que estaba en San Sebastían era para defender El peso del agua (The Weight of Water), una peliculilla que, sin ser nada del otro jueves y pasado el tiempo, recuerdo por dos cosas: el buen sabor de boca que me dejaron los ahora reconocidos Sarah Polley y el gran Ciarán Hinds y, lo admito, el busto perfecto de Elizabeth Hurley, que aquí luce en su máximo esplendor.

Efectivamente, la mayoría de las habladurías eran ciertas pero yo también me quedé, además de con sus vaqueros ceñidos, con sus respuestas inteligentes, directas, sin corrección política y con el saludo (el único) que se prestó a hacerle a la cámara para una cadena que me pagaba por cada uno de los que consiguiera. Creo que no le disgustaron las preguntas que le solté en la rueda de prensa.

Cuento esto porque, precisamente, la personalidad de Bigelow que intuí entonces está presente en cada fotograma de La noche más oscura (Zero Dark Thrirty), tanto en lo que se ve como en lo que no. Creo que nunca en su (sobrevalorada) carrera ha estado más cerca de un personaje como del de Maya (interpretado con la sobriedad requerida por Jessica Chastain), una empleada de la CIA que invierte una década de su vida en hallar al que era desde los ataques del 11S el enemigo público número uno de los EEUU, el más buscado: Osama Bin Laden.

No soy el primero que al ver esta película tenía la sensación de estar ante un capítulo largo de la magistral Homeland, serie indispensable de factura impecable, soberbios guiones e interpretaciones poderosas, como la de Claire Danes y su Carrie Mathison, insoportable bipolar que te la crees desde el minuto uno. Igual que a Maya, igual que la película de Bigelow. Te crees las torturas (mostradas con gusto exquisito a pesar de su crudeza), las reuniones al más alto nivel en Langley, las relaciones entre los agentes y el desarrollo de la invasión y posterior asalto a la guarida de Gerónimo (sobrenombre que le dieron a Bin Laden).

La noche más oscura no se posiciona, muestra con un sentido del ritmo televisivo y con la pirotecnia justa hasta donde se supone que puede mostrar una película que se va a distribuir en los circuitos de exhibición mainstream, y deja a cada cual para que nos hagamos nuestras propias preguntas. Lo que ha jodido mucho a algún incauto es que da por hechas (y documentadas) algunas cosas tales como las torturas en muchos interrogatorios llevados a cabo en Guantánamo y en las cárceles secretas diseminadas por medio mundo, el cambio de política en este asunto cuando Obama llegó a la Casa Blanca, la invasión consciente y premeditada de Pakistán sin comunicárselo a sus autoridades o la inexistente intención de capturar con vida a Bin Laden.

El conocimiento de que la guarida del terrorista fue derribada poco tiempo después de la operación y lo reciente de los hechos en mi memoria da más valor si cabe a la minuciosidad con la que ha sido recreado este episodio.

Pero, más allá de los merecidos elogios a la película, le cuesta arrancar, se produce un cierto galimatias con los nombres de los sospechosos ( no sé a ti pero entre las barbas y los turbantes a mí me parecen todos iguales) y ciertos pasajes de la música del magnífico Alexandre Desplat, sobre todo en la escena del inicio de la operación Arpón de Neptuno (Neptune Spear), con sonoridades idénticas a las creadas por John Barry para el 007 interpretado por Roger Moore, sacan al espectador de un entorno cuasi documental para llevarlo al cartón piedra de las superproducciones.

Algunas manchas, pocas, para esta necesaria Zero Dark Thirty cuyo plano final no hace sino cerrar magistralmente un laberinto de mil recovecos del que Bigelow solo da pistas de cómo salir de él. El recorrido lo tienes que hacer tú.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Perfeccionismo aburrido

Antes de ver la primera entrega del regreso a la Tierra Media de Peter Jackson y buena parte del equipo responsable de la magna trilogía de El señor de los anillos (Lord Of The Rings), El Hobbit: un viaje inesperado (The Hobbit: An Unexpected Journey), me hice tres preguntas:

1. ¿Qué se siente al ver una película a 48 fotogramas por segundo y en 3D, también conocido como High Frame Rate (HFR)?
2. ¿Cómo se alarga hasta las tres horas los escasos, en sustancia, primeros capítulos de El Hobbit?
3. ¿Hasta qué punto Peter Jackson ha abordado este proyecto con la misma pasión y entusiasmo que El señor de los anillos?

Vayamos por partes.

1. Ya desde la aparición de los primeros fotogramas te das cuenta de que estás ante algo nuevo, nunca visto, flipante. Por explicarlo en pocas palabras, como disfrutar una película en Bluray comparada con la definición DVD. El nivel de detalle impresiona, una nitidez impensable en una pantalla de cine. Y eso que yo tengo que ponerme dos pares de gafas. Es de justicia reconocer el esfuerzo tecnológico llevado a cabo para dar al público nuevas razones para volver a las salas de cine. También admito que es la primera gran producción rodada en este formato, como El cantor de Jazz (The Jazz Singer) de los 48 fotogramas por segundo. Ciertos movimientos de cámara siguen provocando mareos. Personalmente, estoy seguro de que el debate está abierto, con bandos irreconciliables claramente enfrentados. Muchos (Scorsese entre ellos) que se resistían numantínamente a pasarse al digital han preferido dejarse llevar por la corriente. Otros como Tarantino prefieren abandonar la dirección y centrarse en proyectos televisivos antes de verse obligado a rodar con ceros y unos en lugar de con celuloide. ¿Puro fetichismo? Seguramente. ¿Comprensible? Categóricamente sí. 48 fotogramas por segundo es otra cosa. ¿Mejor? Siendo opinable, para mí, a día de hoy, no. Llegará el día en que existirá un filtro para dar el "aspecto cine" como el de "película rallada" o "sepia". Pero se volverá a rodar en cine. Seguro. Como con el vinilo, su regreso es cuestión de tiempo.

2. Cualquiera que posea las ediciones impresas de las novelas de Tolkien forzosamente se tiene que plantear: ¿Cómo se las van a arreglar para sacar tres películas de un libro no particularmente extenso? Respuesta obvia, ya contrastada: alargaaaaando la trama. Peter Jackson tenía en contra que su visión del universo tolkiano ya era conocido por la mayoría. Es por ello que la expectación era máxima cuando se supo que, inicialmente, Guillermo del Toro se iba a hacer cargo del proyecto. Era de esperar una revisión, como la que Picasso hizo con Las meninas o, por acercarme más a lo que nos ocupa, con el cambio de rumbo que Alfonso Cuarón imprimió a la saga de Harry Potter sin destruir lo establecido por Chris Columbus. Una oportunidad perdida. Sí, es cierto, hace ilusión regresar a la Comarca o a Rivendell, que lucen como nunca, reencontrarse con personajes ausentes del texto pero que dan continuidad a la saga como Elrond, Galadriel, Saruman o Frodo, pero su inserción forzada ralentiza un relato ya de por sí denso. Y luego está el factor sorpresa, aquí inexistente.

3. Precisamente, la anunciada intención inicial de Peter Jackson de no dirigir El Hobbit no hace sino confirmar, una vez vista la película, que era una sabia decisión. Ya nada es lo mismo. Es como retomar una relación, que en su día viviste apasionadamente, casi diez años después. Inevitablemente, aparece la rutina, el aburrimiento. Esa es la sensación que me deja Un viaje inesperado. Incidiendo en los errores cometidos en King Kong, Jackson nos ofrece un interminable espectáculo, orquestado primorosamente, escenas que solo producciones de este calibre pueden ofrecer (magnífico prólogo o la estupenda secuencia con Gollum), ambientación exquisita, efectos visuales merecedores de todos los premios, con un Martin Freeman que se hace con el personaje de Bilbo desde el primer momento, y unos enanos que son un manual de caracterización, al igual que orcos o goblins (con homenaje a Jabba incluido). Pero, cuando se encienden las luces, estoy aburrido, empachado y... ¡solo he terminado el primer plato!. Faltan el segundo y el postre. ¡Bufff!

martes, 11 de diciembre de 2012

Sentido y sensibilidad

De cuando en cuando, una película te hace recordar las razones por las que amo el cine, por las que me gustaría dedicarle mi tiempo más allá de la butaca en la sala oscura. Ojo, que no siempre tiene que ser una buena película, ni esas razones universalmente compartidas. Son las mías. Punto. La vida de Pi (Life Of Pi) forma parte de esa lista tan particular.

La novela homónima de Yann Martel llevaba tiempo acumulando polvo en mi librería, repleta de títulos que me llegan gratis gracias a un proveedor familiar (y que espero leer algún día), cuando supe que Ang Lee iba a adaptarla a la gran pantalla, en 3D, y con presupuesto holgado de la Fox. Conociendo la apasionante premisa argumental y sus evidentes dificultades, tanto a nivel de guión como tecnológicas, a la hora de transformar en imágenes las palabras de Martel, mi curiosidad inicial fue trasformándose en ganas, pero que muchas ganas, de verla.




Entrevisté a Ang Lee con motivo de la presentación de Tigre y dragón.  Me encontré a un tipo menudo al que te costaba imaginar cabreado. Te transmitía, al mismo tiempo, seguridad absoluta y paz interior, cualidades indispensables para poder encarar esta película con unas mínimas garantías de éxito.


El inicio desconcierta. Tras unos créditos en los que, paulatinamente, vas entrando en el universo tridimensional que Lee ha creado para la película, bellos, al ritmo pausado de una canción de cuna interpretada en lengua tamil por Bombay Jayashri, pasamos a un planteamiento de la historia que me recordaba en sus formas al estilo de Jean Pierre Jeunet en Amelie, con postales espectaculares y coloristas, narración infantiloide  y flashbacks sincopados. Por un momento pensaba que, en lugar de La vida de Pi, estaba viendo La vida de Pooh. Estaba equivocado. Muy equivocado. Todo tenía su razón de ser, una explicación.

Cuando el tedio amenaza seriamente mis dominios, a base de conversaciones alrededor de credos, fés, y dioses varios, la familia Patel y sus animales se embarcan en un arca de Noé particular rumbo a Canadá. A partir de ese momento, todo cambia. El diseño, planificación y ejecución del hundimiento del barco es magistral. Cada plano, cada sonido y las tres dimensiones queriéndose reivindicar. No hacia falta. Quedaba el resto de película para comprobar que, en las manos adecuadas, esta tecnología tiene muchas sorpresas agradables por ofrecer. Experiencias únicas. Esto es solo el principio.

A partir de que tenemos a Pi (espléndido Suraj Sharma), una cebra, una hiena, una orangután y, por supuesto, a Richard Parker en el bote salvavidas, Ang Lee transforma la pantalla en un lienzo en el que sacar  el máximo provecho artístico a la tecnología puesta en sus manos. En ningún momento eres capaz de discernir si el tigre que estás viendo es real o digital, ni falta que hace. Se nota que, más que crear, se ha recreado en sus personajes y la historia ideada por Yann Martel. Un relato que, por su trasfondo religioso, puede irritar a más de un ateo que con solo oír mentar a Dios, Alá o Shiba se retuerce en la butaca. Incluso ellos, si la han visto en 3D, tendrán que reconocer que han asistido a una de las experiencias cinematográficas más agradables de su vida.

Reconforta saber que en Hollywood todavía existen ejecutivos capaces de dar luz verde a un proyecto de más de 100 millones de dólares sin estrellas como protagonistas (Depardieu tiene un cameo)que ni es una secuela, ni lo protagoniza un héroe de cómic. Tan solo un joven hindú, un tigre, un bote salvavidas y el mar. Ahí queda eso.








miércoles, 28 de noviembre de 2012

Ben y sus argonautas

Todos, en mayor o menor medida, tenemos en nuestra materia gris un backup de vivencias y experiencias en forma de miles de imágenes de nitidez variable, captadas desde el protector refugio uterino hasta este mismo momento. Algunas son tamaño carnet, otras de dimensiones descomunales, muchas de ellas incompletas.

Entre las que conservo con mayor claridad de mi infancia, desarrollada en buena parte bajo baños de rayos catódicos, están las de un grupo de encolerizados energúmenos (y energúmenas) en lo que luego supe eran los exteriores de la embajada de Estados Unidos en Teherán. Mis padres no supieron explicarme bien qué pasaba pero, recuerdo como si fuera ayer, el rostro de Jomeini me daba mucho yuyu. Hasta que vi en un cine a Darth Vader poco tiempo después, para mí Jomeini era la personificación del Mal. Ni Lucifer ni mi encargado de curso: Jomeini, tío chungo donde los haya.


Probablemente, The Town: ciudad de ladrones, la anterior película dirigida por Ben Affleck, es una de las mayores sorpresas que me he llevado en el cine recientemente. Por esto, y por lo que os he contado al principio, mis expectativas a la hora de sentarme a ver Argo eran, cuanto menos, altas.

La verdad es que, incluso dejando de lado el argumento central, la película merece mucho la pena. Estamos ante un exquisito, minucioso y sentido repaso al backup setentero personal de Affleck y el guionista Chris Terrio. En cualquier detalle, ya sea la decoración de una habitación infantil (a la que se saca provecho en un epílogo que me produjo un éxtasis teresiano), fragmentos de informativos televisivos, elección de canciones, planos detalle de objetos, maquinaria, tecnología, vestuario. No hablamos de una correcta labor del diseño de producción. Aquí se ha querido ir más allá. Se ha pretendido, con éxito incontestable, pulsar las teclas de la nostalgia bien entendida. Solo así se explican las referencias a El planeta de los simios, Star Wars, Dire Straits o al periodista David Frost.

A esto hay que añadir la historia , basada en hechos reales, del rescate a cargo de la CIA de los funcionarios de la embajada norteamericana ocultos en la casa del embajador de Canadá y que se hicieron pasar por miembros de un equipo de rodaje en lo que se llamó la crisis de los rehenes, ocurrida durante la revolución islamista que derrocó al Sha, enfermo terminal, en 1979, cuando Jimmy Carter estaba a punto de abandonar la Casa Blanca.

Con un políticamente incorrecto prólogo, en el que se pone claramente en evidencia a la administración norteamericana por prestar apoyo al régimen de Mohammad Reza, Argo, con varias licencias dramáticas, no es sino un panegírico a agentes de CIA como Tony Mendez y su oculta labor en la resolución de entuertos organizados a causa de acciones previas de la propia agencia. 

Y Affleck lo hace bien. Francamente bien. Con un montaje primoroso y estética clonada de títulos referencia de la época firmados por Sidney Pollack o Alan J. Pakula. Su carrera como director, con tres notables títulos, nos deja la agradable sensación de que todavía tiene mucho y bueno que ofrecer.

Producida, entre otros, por George Clooney, Argo podría convertirse en una de esas películas recordadas no solo por sus mayores o menores virtudes cinematográficas, que siempre son discutibles, sino por estar dotada de ese "algo más" que transforma un título a priori del montón en un objeto de culto venerado por una legión de nuevos argonautas, entre los que me encuentro.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Bond se resetea

Se han dado varias circunstancias para que el estreno de Skyfall haya estado precedido de una expectación incluso mayor que en las 23 ocasiones anteriores. Por un lado, la crisis financiera de la Metro obligó a los gestores de la franquicia, Eon Productions, a aplazar más de un año el rodaje. Por otro, el 50 aniversario desde 007 contra el Dr. No (Dr. No) ha supuesto una campaña sin precedentes: lanzamiento de la colección completa en Blu ray, exposiciones o subastas. Por último, la aparición de Daniel Craig como Bond escoltando a Isabel II en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Londres, acontecimiento seguido por millones de personas de todo el mundo.



Pero crear expectación es un arma de doble filo. Baste recordar, sin ir más lejos, lo ocurrido con la anterior entrega, Quantum Of Solace (2008), decepcionante continuación del apasionante arco argumental abierto con tino por Martin Campbell en Casino Royale, una de las mejores de la saga.

En Skyfall, por primera vez, una película de 007 pasaba a manos de un autor, un cineasta con lenguaje propio con un Oscar en el curriculum, aspecto éste no relevante pero sí novedoso. Sam Mendes ha dado buenas muestras de que es capaz de sacar chispas a los repartos y alcanzar (casi) la perfección formal en títulos como la brutal American Beauty, la estéticamente impresionante Camino a la perdición (Road To Perdition) además de las estimables Jarheads o Revolutionary Road.

Pero si hay algo achacable al cine de Mendes es su frialdad. Aunque su filmografía desborda carga emocional, ésta no acaba de traspasar la pantalla, mantiene las distancias con el espectador, diluyendo el poso que deberían dejar las desgarradoras historias que nos había contado hasta ahora. Era previsible, por lo tanto, que con Sam Mendes en la dirección, James Bond afrontaría circunstancias personales trascendentales para el devenir del personaje. Todo ello sin perder de vista la esencia de lo que una película de 007 debe tener.

En un chat promocional, Mendes y Craig me respondieron a este respecto (el de cómo mantener la esencia de la saga) que "No creo que haya una respuesta sencilla, pero lleva muchísimo trabajo hacer algo que tiene un toque tradicional, que permanece, pero a la vez es moderno, buscando la originalidad. (Sam). En Skyfall intentamos mantener la esencia de Bond, pero de la manera menos obvia posible (Daniel).


Y, sin desvelar aspectos fundamentales de la historia, es hora de decir que misión cumplida. Skyfall no solo cierra magníficamente el camino emprendido en Casino Royale sino que coloca la barra a una altura difícilmente superable para el siguiente ocupante de la silla de director.

La balanza se inclina claramente hacia lo que funciona frente a lo que no. En el primer aspecto sobresale el guión de los habituales Neil Purvis, Robert Wade a los que hay que añadir a John Logan (Gladiator),que ya ha firmado por las dos siguientes, la bella, acertada, variada y espectacular fotografía del veterano Roger Deakins, sobresaliendo la secuencia que se desarrolla en un rascacielos de Shanghai, elegante, original, impresionante. La canción de Adele es, seguramente, de las más brillantes jamás compuestas para 007, acompañada de unos magistrales créditos que dan más pistas que nunca sobre el argumento. Una lástima que la correcta música de Thomas Newman no saque más provecho de ella en momentos clave. ¡Qué decir del reparto! Es difícil poder juntar a gente tan competente, cada uno en lo suyo. Dando por hecho que Judi Dench y Craig ya han hecho suyos sus respectivos personajes, consiguen dar forma a lo que hasta ahora era un esbozo. Inteligentemente, Javier Bardem ha sabido coger de aquí y de allí para dotar a su papel de villano de elementos distintivos con respecto a otros de la saga, sacando hasta la última gota de jugo a las contadas escenas en las que está en pantalla, de forma que Silva perdurará en el tiempo, ocupando la silla más cercana a la de Auric Goldfinger, Blofeld o Max Zorin (referente claro).

Skyfall cumple con el triple objetivo de entretener (a pesar de su metraje), dotar de una mayor tridimensionalidad a un personaje con 23 películas a la espalda y, lo que es mejor, dejándote con ganas de más gracias a un epílogo que hará las delicias de todos los que sentimos aprecio por James Bond que, afortunadamente, will return.