lunes, 26 de octubre de 2015

Citius altius fortius

La expresión del título, más rápido más alto y más fuerte, procedente del olimpismo, bien podríamos aplicarla en este caso a la música sinfónica, en concreto a la desplegada ayer en el auditorio principal del Palacio Euskalduna de Bilbao por la Film Symphony Orchestra.

Entre los muchos méritos que atesora este voluntarioso proyecto, pionero en España, está el de unir en las butacas a un heteregéneo grupo de personas de todas las edades con la común afición de la música de o para las películas. El carácter evocador de las bandas sonoras las dota de una capacidad enorme para tocar nuestra fibra sensible o,sencillamente, ser nuestro particular DeLorean y viajar en el tiempo. Cada cual al suyo, más o menos cercano.

Vaya por delante mi admiración personal y profesional por el líder de la FSO. Para los cinéfilos melómanos, es lo mejor que nos ha dado Valencia desde la paella.Lo que ha hecho Constantino Martínez-Orts, y que piensa seguir haciendo, solo puede ser fruto de eso que tanto nos hablan precisamente en las películas: follow your dream. Me apostaría varias cenas a que muchas voces le habrán repetido machacónamente "eso es muy costoso","no lo tengo claro","no interesa" o cualquier otra frase típica de agoreros. Se equivocaron. Otra vez. Él cree en el proyecto y, seguro que a base de sangre, sudor y lágrimas, lo ha sacado adelante. La mejor prueba de ello es la inclusión en la mayoría de los programas de las distintas orquestas subvencionadas a lo largo y ancho del país de uno o varios conciertos de bandas sonoras.

Muchas de las caras de ayer en el Euskalduna repetían. La orquesta empieza a tener una comunidad de seguidores bastante amplia y la cita era como el encuentro anual con unos amigos. De hecho, yo fui con las mismas personas en casi la misma localidad que en 2014. El concepto revivir.

Llegas al palacio y no podían faltar en el hall los amiguetes disfrazados de personajes de Star Wars, stormtroopers o jedis, posando con el que quisiera para una foto. Espero que nunca pierdan el componente friki. Forma parte de su ADN, para bien. Ahora, el business es el business y como novedad, este año y como ocurre en las grandes giras, también había stand de merchandising en el que adquirir bolígrafos, gorras y camisetas o, siendo una orquesta, cd's con el repertorio de 2014.

A las 19.30 en punto, los miembros de la orquesta comenzaron a ocupar sus lugares en el escenario. Afinación, y todo listo.

Si el año pasado Constantino vestía indumentaria  a lo Keanu Reeves de Neo, en esta ocasión y a pesar de estar Matrix en el repertorio, el director de la FSO se presentó en Bilbao con el uniforme clásico. Batuta en mano, sube al podium y suena la fanfarria de Jerry Goldsmith para el logo de la Universal. Un primer instante en el que ya se apreciaba la potencia de las trompas y la percusión. Sin interrupción, el tema de Misión Imposible de Lalo Schifrin, su pieza más conocida y que ha tenido múltiples versiones en la saga protagonizada por Tom Cruise,cuya quinta entrega ha llenado los cines este pasado verano. 

Ocupa las primeras posiciones en casi todos los rankings de mejores películas de la Historia. La música de Bernard Herrmann para Ciudadano Kane sonó con brío, con la potencia que requerían los pasajes más pomposos y la mesura necesaria en otras fases. Excelente elección.

Tres cineastas tuvieron el honor de tener dos películas de su filmografía en el programa. El primero de ellos fue David Lean (Spielberg y Richard Donner los otros dos). Si el año pasado uno de los platos fuertes fue la soberbia interpretación de Lawrence de Arabia, este año han sido Doctor Zhivago y El puente sobre el río Kwai. La primera de ellas, intensa, ampulosa y al mismo tiempo bellísima. La suite elegida recogía buena parte de los muchos temas del score (el de Lara,las marchas rusas o el famoso vals del anuncio de loteria), con el acompañamiento de una acordeón que redondeaba aún más si cabe una, a mi juicio, extraordinaria interpretación. Solo faltaba la balalaica.

FSO en el Euskalduna. Foto: Facebook FSO
Tras la divertida marcha del Coronel Bogey, tocaba viajar a una granja en Africa. Si hay algo que distingue a la Film Symphony Orchestra es que sacan el sonido, el equilibrio entre instrumentos al que estamos acostumbrados al escuchar las piezas originales. Y aquí no hay mesa de mezclas ni micrófonos estratégicamente colocados. Jarre suena a Jarre y John Barry suena a John Barry. Solo noté una diferencia en el ritmo. La versión de ayer me recordaba a la grabación posterior del compositor en su recopilatorio Moviola que a la del score, mucho más lenta y en línea con los trabajos de su última época. Espectacular y emocionante.

Es innegable que Matrix de Don Davis es una música difícil de escuchar en ese contexto, fuera de la película,y justo después de Memorias de África. Reconozco que nunca he sido capaz de oír el cd entero. A pesar de ello, me alegro de su inclusión para romper el repertorio con sus melodías disonantes. Una cosa tengo clara, si algún músico falló alguna nota no creo que nadie se diera cuenta.

Uno de los compositores más demandados y relevo generacional de los clásicos todavía en activo (Williams o Morricone), Alexandre Desplat, no podía faltar. Su score para The Imitation Game estuvo nominada al Oscar este año (aunque ganó por Gran Hotel Budapest). Bebe un poco de lo que James Horner hizo en Una mente maravillosa (en ambos casos hombres inteligentes, cálculo mental y vidas atormentadas) y con su oficio lo transforma en un magnífico trabajo que sonó preciso y precioso. 

Se echaba mucho de menos a Jerry Goldsmith el año pasado. En el FSO Tour le hemos tenido por partida doble, la fanfarria inicial y el espectacular, pegadizo y efectivo tema para Star Trek. De todas sus aportaciones, la creada para Primer Contacto es la mejor, precisamente la elegida. Uno de los instantes en los que ese escalofrío te recorre la espina dorsal. Salvo algún pequeño desliz en el metal, el equilibrio, sonoridad y fuerza del tema llenaron todos los rincones del Euskalduna.

Martínez-Orts supo pisar el acelerador para que Independence Day fuese un digno final de la primera parte a pesar de que hubiese elegido muchas otras antes de este trabajo de David Arnold, que lo mismo quiere ser Williams que Elgar. Y ni lo uno ni lo otro.

Constantino Martínez-Orts in action Foto:FSO
Los violines inconfundibles del espectacular arranque de Horizontes de Grandeza nos devolvieron en veinte segundos al concierto. Con la diligencia ya en su destino era el momento del lucimiento del concertino Manuel Serrano en el exigente, bello y atinado tema Camino de grava de James Newton Howard para El Bosque. Muy bien acompañado por el pianista Bautista Cármena, Serrano cumplió y clavó la melodía pero, ocasionalmente, quedó tapado por la orquesta.

Otro de los divertimentos de la noche fue el tema con el que arranca Los Goonies, película que cumple 30 años en 2015 y que marcó la juventud de servidor y de alguno que otro más. La versión escuchada nunca la había oído. Las sonrisas cómplices se veían por todo el auditorio.

No pude reprimir las lágrimas al escuchar las primeras notas al piano de Los Ludlow, perteneciente a la banda sonora de Leyendas de Pasión. No tanto por su extraordinaria interpretación sino por venirme a la cabeza que Horner ya no está. Los aplausos a este tema fueron largos y merecidos.

Son entendibles las concesiones al cine más actual por lo que era lógico que Los Vengadores se incluyese en el repertorio. Un tema corto, pegadizo y con el sello de Alan Silvestri, al que la FSO tiene cogido el tranquillo.

Otra de las bandas sonoras nominadas este año fue la magnífica La teoría del todo de Johan Johansson, construida alrededor de un soberbio tema central.

El broche final lo ocuparon el tándem Spielberg-Williams. Las trompas sudaron tinta china con la suite de Parque Jurásico y más todavía con la versión abreviada del Adventures On Earth de E.T. No podía evitar imaginar la película al escucharla.De nuevo la piel de gallina y las palpitaciones. Se da la circunstancia que este tema estaba en el repertorio de la gira de 2012 pero no se tocó en San Sebastián. Tampoco en 2014. Por fin, ahora sí. Qué gozada, qué colofón. 

El público, puesto en pie en su mayoría, quería más. Y lo tuvo. Lo tuvimos. Cuatro bises que aquí no voy a desvelar para mantener un pequeño margen de sorpresa para los futuros conciertos, aunque te los puedes imaginar.

El listón está muy alto, pero creo que es hora de que la FSO se supere a sí misma con un repertorio que resulte comercial pero que abarque títulos menos conocidos pero tan buenos o mejores. El cielo es el límite y la Film Symphony Orchestra nos acerca a él.Gracias por existir y hasta la próxima.
  



   


  

miércoles, 8 de julio de 2015

Han Solo protagonizará la segunda película de la serie Anthology

Pocos o nadie creyeron el motivo oficial por el que Josh Trank no acudió a la Star Wars Celebration del pasado mes de abril en Anaheim (California). Algo pasaba, y no precisamente bueno. No pasaron muchos días y los rumores se confirmaron, el director del reboot de Los cuatro fantásticos (de inminente estreno), abandonaba la segunda película de la saga Anthology (títulos con entidad propia ambientados en el universo Star Wars pero fuera de línea argumental clásica).Al parecer, cierta conducta errática al trabajar bajo la presión de un blockbuster asustó a los ejecutivos, que decidieron cortar por lo sano antes de que la cosa fuera a mayores. Hasta ahora se desconocía quién o de qué iba esta película aunque, desde que se anunciaron por primera vez, Han Solo estaba en todas las quinielas, como ya comentamos en esta entrada anterior de noviembre de 2014.

Disney y Lucasfilm confirmaron ayer lo que muchos queríamos oír. Oh, yeah!. Uno de los personajes favoritos del gran público, el más cool, el contrabandista reconvertido en héroe, tendrá su propia película.Si bien es cierto que da la impresión que, de nuevo, han tenido que hacer público algo antes de lo previsto. Es muy extraño que a escasos días de la Comic Con de San Diego, en la que Star Wars será protagonista este mismo viernes del panel más esperado, suelten esta perla informativa.

Lo importante es que en 2018 llegará a las pantallas el origen de Solo, cómo se desenvolvía con personajes de toda calaña, ¿por qué se convirtió en contrabandista?,¿aparecerá Boba Fett?, ¿sabremos cuándo conoció a Chewbacca?,¿veremos la partida en la que gana a Lando el Halcón Milenario?,¿y qué hay de la deuda con Jabba?. Todas estas respuestas dan para más de una película por lo que no es descartable una trilogía. Eso sí, puesto que hablamos de una versión joven de Solo, Harrison Ford queda fuera. Aunque quizás una primera secuencia le muestre contando en modo flashback a Leia o a sus nietos aventurillas del pasado. Veremos.

 

Chris Miller y Phil Lord
En el comunicado, se anunciaba que la pareja detrás de Lego:La película, Christopher Miller y Phil Lord, serán los directores mientras que, en el más puro estilo Star Wars, un padre y un hijo escribirán conjuntamente el guión. Lawrence Kasdan prosigue (doy saltos de alegría por ello) su vinculación con esa galaxia muy, muy lejana tras escribir los guiones de El imperio cotraataca, El retorno del Jedi y El despertar de La Fuerza. Ahora, quizás para incorporar una visión más fresca y actual, ha incorporado a su hijo Jon al equipo.

A la espera de lo que el propio Lawrence Kasdan, Kathleen Kennedy y J.J. Abrams digan en San Diego (no se espera un nuevo trailer ni secuencias), nos quedamos con que Miller y Lord afirman que van a "tomar riesgos". 


martes, 23 de junio de 2015

James Horner: La cuarta "J"

Nunca sabes hasta qué punto te puede afectar algo hasta que ese algo ocurre. Y ha ocurrido. James Horner ha muerto. La avioneta que pilotaba se ha empotrado llevándoselo a otro lugar no terrenal a los 61 años. 

Nunca llegué a conocer a James Horner personalmente. Eso dificulta mucho llegar a encontrar lógica la sensación de desgarro, dolor,pérdida y pena que me ha sacudido esta mañana cuando me he enterado de su fallecimiento. Mi relación, y la de millones de personas, con él era únicamente a través de su música.

James Horner (1953-2015)
Era la cuarta J de mi baraja. John Williams, John Barry y Jerry Goldsmith las otras tres.Aunque suene cursi, Horner ha sido la J de corazones. Pocas cosas en mis 44 años de vida han logrado estremecerme tanto fuera del ámbito familiar o estrictamente humano como algunas de las melodías, piezas u obras completas compuestas por él para el cine.

Probablemente, mi primer contacto con su música en una sala oscura fue con 12 años, en 1983, con Star Trek 2: La ira de Kahn la película que le abrió las puertas a otros proyectos de envergadura como Krull, de temática similar, al año siguiente. Ese era el Horner épico, al que recurrían cuando los presupuestos no llegaban para Jerry o John en la década de los 80. El tema principal de Cocoon me llegó mucho más tarde, en una colección de vinilos, Cine & Música y con textos de Joan Padrol. Para entonces, ya me había incomodado y perturbado sin despeinarse con las oscuras sonoridades creadas para El nombre de la rosa. Pero cuando logró (y logra) hacerme llorar fue con su magistral trabajo para An American Tail (Fievel y el Nuevo Mundo) y esa canción tan sensiblera como extraordinaria Somewhere Out There, la historia de dos hermanos inmigrantes separados en trágicas circunstancias deseando volver a verse. Y yo un hijo único cuya familia hacía todo lo posible por separarse. 



Plagios a un lado, Willow y su uso de coros infantiles así como la puesta de largo del posteriormente célebre y parodiado a partes iguales parabará me acercaron más a un estilo inconfundible, a un idioma propio. Fue el primer vinilo suyo que decidí comprar. Pero mi rendición absoluta, mi adhesión de por vida, llegó con Glory (Tiempos de gloria). La magnífica película de Edward Zwick te deja emocionalmente muy desarmado con lo que en el instante en el que llegan los,nunca mejor dicho, gloriosos créditos la música de Horner termina de grabarte a fuego una experiencia cinematográfica imborrable.



Con sus altibajos, seguía siempre a Horner, en una era pre-internet, a través de las revistas especializadas. Esperando algo similar a lo vivido años antes. Y volvió a ocurrir, pero con una película que jamás creí que podría afectarme. Me refiero a Casper. El tema de la canción de cuna, de una sencillez extrema, resume lo que Horner es capaz de lograr con un piano y muy pocas notas. No hay vez que lo escuche que no se me ponga un nudo en la garganta. Hoy he llorado desconsoladamente al hacerlo. Muchas emociones al mismo tiempo. 



Casper salió de la fértil imaginación de James Horner en el mismo periodo que Apollo XIII, Braveheart y Leyendas de pasión. Ahí es nada. Pocas veces, por no decir ninguna, un compositor ha conseguido alcanzar niveles excelsos en cada una de sus obras en tan poco tiempo.



Pero, a decir verdad, nada volvió a ser igual después de 1995. Sí, ya lo sé, Titanic es la banda sonora más vendida de todos los tiempos, dio a Horner fortuna y gloria, pero yo añoraba la frescura de la otra gloria, la los tiempos de Glory. Probablemente también la mía.

Más tarde, con la universalización de internet, James Horner fue blanco de las críticas más duras en foros de diverso pelaje, incluso llegando a insultos cuando relevó a Gabriel Yared en Troya. Los ataques hicieron mella y él decidió colocarse en un segundo plano, con solo cinco películas desde la hipnótica, espléndida, curradísima, compleja y larga banda sonora de Avatar. Cameron le recuperó cuando otros como Ron Howard le dieron la espalda.



Él lo ha dicho en muchas ocasiones. Usa las melodías que considera más apropiadas para que nuestro corazón sienta lo que la escena transmite. Eso incluye la multitud de autorreferencias, parabarás o supuestos plagios. No quiero sonar pedante. Adoro algunas de partes del score de Titanic, particularmente el solo de piano interpretado por el propio compositor (The Portrait) o el tema Southampton. También Bincentennial Man,incluso Mi gran amigo Joe, Una mente maravillosa con su recurrente uso de la voz infantil, Rocketeer o las películas que hizo del Zorro atesoraban el oficio, la maestría, con instantes para repetir una y mil veces. 

The Amazing Spider-Man fue un reciente y grato reencuentro con el Horner épico y el de las sencillas pero efectivas melodías al piano. En todo lo que ha hecho en estos años, siempre ha habido algo, como un aroma que me retrotraía al cine Ayala, donde vi Star Trek 2

Eran otros tiempos. Si una banda sonora te impactaba no era tan sencillo adquirirla. Bien porque no se había editado, no la vendían en tu ciudad o porque la paga con ocho o nueve tacos solo daba para chicles de fresa ácida.

Digo esto porque ahora mismo, alguien que no conociera a Horner más allá de "Titanic", "Avatar" o "Braveheart" lo tiene fácil para hacerse una competa playlist de su carrera en Youtube. Desgraciadamente, él declaró recientemente que cada vez le resultaba más difícil trabajar. Ya solo me queda una J de la baraja.

No te lo pude decir ni escribir en vida, como sí lo he hecho con otros. Gracias.

miércoles, 23 de enero de 2013

La sombra de John Ford

Las buenas películas, o aquellas que yo considero buenas, te dejan poso, huella, mácula indeleble salvo que alguna enfermedad neurodegenerativa trastoque el disco duro.

Steven Spielberg está relacionado, como director o productor, con un número considerable de las que componen mi lista. Entre ellas, Munich, lo mejor que ha hecho en la última década y probablemente en toda su magna carrera, que ya es decir.


Lincoln era uno de esos proyectos que ha tardado lustros en ver la luz, supongo que debido a múltiples factores. La última vez que yo recuerdo algo similar en su filmografía fue con la eterna gestación de Las aventuras de Tintín, cuya espera mereció la pena, o su visión de Peter Pan, que acabó convirtiéndose en la muy decepcionante Hook (El capitán Garfio). Con estos precedentes, había conseguido rebajar mis expectativas con respecto a Lincoln, hasta que me enteré que el guión venía finalmente firmado por Tony Kushner, el autor del excelso libreto de Munich.


Una vez vista, Lincoln confirma que cuando Spielberg rueda las palabras de Kushner se crea una química comparable a la que existe entre Chanel y el número 5 o, bromas a un lado, la que se estableció entre Robert Bolt (guionista de Lawrence de Arabia, Doctor Zhivago o La hija de Ryan)  y David Lean. El desafío aquí era hercúleo. Cogiendo prestada la novela de Doris Kearns Goodwin, Team Of rivals, como punto de partida, Kushner ha equilibrado con pulso maestro la Guerra Civil, las triquiñuelas, atajos, conversaciones y sesiones plenarias que culminaron con la aprobación de la 13ª enmienda a la Constitución americana, que suponía de facto la abolición de la esclavitud, con los conflictos personales, políticos y reflexiones de Abraham Lincoln, abarcando los últimos y trascendentales meses de su vida. Todo ello sin caer en el estereotipo, la hagiografía o los lugares comunes abordados en retratos anteriores, más o menos fieles a un periodo histórico del que existe abundante documentación.

Con el paso de los años, Spielberg está retornando de manera evidente a los orígenes de su cinefilia. Ya no hablamos de referencias aquí y allá, más o menos evidentes en los inicios de su carrera. En sus últimos proyectos, los más personales, en aquellos en los que prevalece el autor frente al productor (su gran dicotomía), Spielberg intenta ponerse en la piel de John Ford. Mejor dicho, en las pieles. La forma y el fondo de Caballo de batalla (War Horse) son los opuestos a Lincoln. Del exceso, tanto en el uso del color y la música como en los diálogos, emparentados con las fordianas ¡Qué verde era mi valle! (How Green Was My Valley!, 1941) o El hombre tranquilo (The Quiet Man, 1952), curiosamente también un proyecto personal de Ford, que tuvo que rodar westerns de encargo para conseguir financiarla, pasamos a la austeridad, el detalle, a la palabra frente a la imagen de Lincoln, como, salvando las diferencias, al Ford de El hombre que mató a Liberty Wallance frente al de Otoño Cheyenne.

Una paleta de colores fría, contrastada, con cielos blancos, la sobrecogedora música del maestro Williams que acompaña las estáticas imágenes de Janusz Kaminski, puro arte del uso de la luz que logra ensalzar mediante sublimes encuadres las interpretaciones del amplio reparto y la meticulosa ambientación diseñada por Rick Carter.

Spielberg no es JohnFord ni Lincoln es una obra maestra. El primer tramo resulta demasiado denso a pesar de los esfuerzos para que no lo sea. Pero sí es una virguería que va de menos a más, salpicada de instantes (como la forma de mostrar el magnicidio o la resolución de la votación de la 13ª enmienda ) solo al alcance de la mano de un genio. Algún día sabremos si, como nos han dicho, Liam Neeson se bajó del proyecto al dilatarse demasiado el rodaje o le pidieron que se fuera cuando Daniel Day-Lewis dijo sí a los cantos de sirena y se embarcó en un viaje que, por lo que él mismo ha manifestado, ha merecido la pena. No tengo ni idea si ES o NO ES Lincoln. ¿Alguien le ha visto?¿Existen documentos gráficos que describan sus andares, gestos o inflexiones? Decía Henry Fonda que la primera vez que se vio caracterizado como un joven Abraham Lincoln sintió la presión de tener que interpretar a un dios. El mérito aquí es justo el contrario, haber humanizado al mito, con sus virtudes y sus defectos, y encontrar el tempo y el tono para que los diálogos ocupen el primer plano. Sally Field lo da todo para poder estar a la altura con un personaje, el de primera dama, que se niega a ser una comparsa del desgarbado presidente. Sorprende el hinchadísimo James Spader como el lobbyista Bilbo o el siempre fiable David Strathairn. Se agradece el gesto de incluir al gran secundario Hal Holbroock, que ha interpretado a Lincoln varias veces en televisión, pero quien logra acaparar todas las miradas cada vez que aparece es Tommy Lee Jones, que devuelve a Spielberg la confianza con uno de sus mejores papeles, el del republicano radical Thaddeus Stevens, persona clave en los acontecimientos descritos.

No puede ser casual que esta película abarque el periodo de la vida del mítico presidente que dejó fuera El joven Lincoln de John Ford, otra vez él. Como si quisiera retomar donde él lo dejó, formando un díptico separado por casi 80 años. Tampoco es fruto del azar que se estrene en un momento en al que la sociedad estadounidense está dividida como nunca antes en la historia reciente. De manera recurrente, oímos el tic tac de varios relojes a lo largo de Lincoln (incluida una grabación real de uno que usó el presidente), dejando patente el paso del tiempo. Una cuenta atrás que Spielberg siente en su pescuezo, por ello no quiere perderse en proyectos intrascendentes. Me temo que no le va a quedar más remedio. Le ocurrió a John Ford, a Hitchcock y a él mismo. Así funciona Hollywood, y él lo sabe mejor que nadie.

lunes, 21 de enero de 2013

Sin trampa y algo de cartón (piedra)

El runrún en la sala de prensa del cúbico Kursaal donostiarra decía que Kathryn Bigelow era una directora atípica. Alta, esbelta, guapa...pero con mala hostia. Muy mala. Que no se le preguntara esto o aquello (James Cameron figuraba entre los temas tabú), que no daba entrevistas, que si era rara. Lo cierto es que el motivo por el que estaba en San Sebastían era para defender El peso del agua (The Weight of Water), una peliculilla que, sin ser nada del otro jueves y pasado el tiempo, recuerdo por dos cosas: el buen sabor de boca que me dejaron los ahora reconocidos Sarah Polley y el gran Ciarán Hinds y, lo admito, el busto perfecto de Elizabeth Hurley, que aquí luce en su máximo esplendor.

Efectivamente, la mayoría de las habladurías eran ciertas pero yo también me quedé, además de con sus vaqueros ceñidos, con sus respuestas inteligentes, directas, sin corrección política y con el saludo (el único) que se prestó a hacerle a la cámara para una cadena que me pagaba por cada uno de los que consiguiera. Creo que no le disgustaron las preguntas que le solté en la rueda de prensa.

Cuento esto porque, precisamente, la personalidad de Bigelow que intuí entonces está presente en cada fotograma de La noche más oscura (Zero Dark Thrirty), tanto en lo que se ve como en lo que no. Creo que nunca en su (sobrevalorada) carrera ha estado más cerca de un personaje como del de Maya (interpretado con la sobriedad requerida por Jessica Chastain), una empleada de la CIA que invierte una década de su vida en hallar al que era desde los ataques del 11S el enemigo público número uno de los EEUU, el más buscado: Osama Bin Laden.

No soy el primero que al ver esta película tenía la sensación de estar ante un capítulo largo de la magistral Homeland, serie indispensable de factura impecable, soberbios guiones e interpretaciones poderosas, como la de Claire Danes y su Carrie Mathison, insoportable bipolar que te la crees desde el minuto uno. Igual que a Maya, igual que la película de Bigelow. Te crees las torturas (mostradas con gusto exquisito a pesar de su crudeza), las reuniones al más alto nivel en Langley, las relaciones entre los agentes y el desarrollo de la invasión y posterior asalto a la guarida de Gerónimo (sobrenombre que le dieron a Bin Laden).

La noche más oscura no se posiciona, muestra con un sentido del ritmo televisivo y con la pirotecnia justa hasta donde se supone que puede mostrar una película que se va a distribuir en los circuitos de exhibición mainstream, y deja a cada cual para que nos hagamos nuestras propias preguntas. Lo que ha jodido mucho a algún incauto es que da por hechas (y documentadas) algunas cosas tales como las torturas en muchos interrogatorios llevados a cabo en Guantánamo y en las cárceles secretas diseminadas por medio mundo, el cambio de política en este asunto cuando Obama llegó a la Casa Blanca, la invasión consciente y premeditada de Pakistán sin comunicárselo a sus autoridades o la inexistente intención de capturar con vida a Bin Laden.

El conocimiento de que la guarida del terrorista fue derribada poco tiempo después de la operación y lo reciente de los hechos en mi memoria da más valor si cabe a la minuciosidad con la que ha sido recreado este episodio.

Pero, más allá de los merecidos elogios a la película, le cuesta arrancar, se produce un cierto galimatias con los nombres de los sospechosos ( no sé a ti pero entre las barbas y los turbantes a mí me parecen todos iguales) y ciertos pasajes de la música del magnífico Alexandre Desplat, sobre todo en la escena del inicio de la operación Arpón de Neptuno (Neptune Spear), con sonoridades idénticas a las creadas por John Barry para el 007 interpretado por Roger Moore, sacan al espectador de un entorno cuasi documental para llevarlo al cartón piedra de las superproducciones.

Algunas manchas, pocas, para esta necesaria Zero Dark Thirty cuyo plano final no hace sino cerrar magistralmente un laberinto de mil recovecos del que Bigelow solo da pistas de cómo salir de él. El recorrido lo tienes que hacer tú.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Perfeccionismo aburrido

Antes de ver la primera entrega del regreso a la Tierra Media de Peter Jackson y buena parte del equipo responsable de la magna trilogía de El señor de los anillos (Lord Of The Rings), El Hobbit: un viaje inesperado (The Hobbit: An Unexpected Journey), me hice tres preguntas:

1. ¿Qué se siente al ver una película a 48 fotogramas por segundo y en 3D, también conocido como High Frame Rate (HFR)?
2. ¿Cómo se alarga hasta las tres horas los escasos, en sustancia, primeros capítulos de El Hobbit?
3. ¿Hasta qué punto Peter Jackson ha abordado este proyecto con la misma pasión y entusiasmo que El señor de los anillos?

Vayamos por partes.

1. Ya desde la aparición de los primeros fotogramas te das cuenta de que estás ante algo nuevo, nunca visto, flipante. Por explicarlo en pocas palabras, como disfrutar una película en Bluray comparada con la definición DVD. El nivel de detalle impresiona, una nitidez impensable en una pantalla de cine. Y eso que yo tengo que ponerme dos pares de gafas. Es de justicia reconocer el esfuerzo tecnológico llevado a cabo para dar al público nuevas razones para volver a las salas de cine. También admito que es la primera gran producción rodada en este formato, como El cantor de Jazz (The Jazz Singer) de los 48 fotogramas por segundo. Ciertos movimientos de cámara siguen provocando mareos. Personalmente, estoy seguro de que el debate está abierto, con bandos irreconciliables claramente enfrentados. Muchos (Scorsese entre ellos) que se resistían numantínamente a pasarse al digital han preferido dejarse llevar por la corriente. Otros como Tarantino prefieren abandonar la dirección y centrarse en proyectos televisivos antes de verse obligado a rodar con ceros y unos en lugar de con celuloide. ¿Puro fetichismo? Seguramente. ¿Comprensible? Categóricamente sí. 48 fotogramas por segundo es otra cosa. ¿Mejor? Siendo opinable, para mí, a día de hoy, no. Llegará el día en que existirá un filtro para dar el "aspecto cine" como el de "película rallada" o "sepia". Pero se volverá a rodar en cine. Seguro. Como con el vinilo, su regreso es cuestión de tiempo.

2. Cualquiera que posea las ediciones impresas de las novelas de Tolkien forzosamente se tiene que plantear: ¿Cómo se las van a arreglar para sacar tres películas de un libro no particularmente extenso? Respuesta obvia, ya contrastada: alargaaaaando la trama. Peter Jackson tenía en contra que su visión del universo tolkiano ya era conocido por la mayoría. Es por ello que la expectación era máxima cuando se supo que, inicialmente, Guillermo del Toro se iba a hacer cargo del proyecto. Era de esperar una revisión, como la que Picasso hizo con Las meninas o, por acercarme más a lo que nos ocupa, con el cambio de rumbo que Alfonso Cuarón imprimió a la saga de Harry Potter sin destruir lo establecido por Chris Columbus. Una oportunidad perdida. Sí, es cierto, hace ilusión regresar a la Comarca o a Rivendell, que lucen como nunca, reencontrarse con personajes ausentes del texto pero que dan continuidad a la saga como Elrond, Galadriel, Saruman o Frodo, pero su inserción forzada ralentiza un relato ya de por sí denso. Y luego está el factor sorpresa, aquí inexistente.

3. Precisamente, la anunciada intención inicial de Peter Jackson de no dirigir El Hobbit no hace sino confirmar, una vez vista la película, que era una sabia decisión. Ya nada es lo mismo. Es como retomar una relación, que en su día viviste apasionadamente, casi diez años después. Inevitablemente, aparece la rutina, el aburrimiento. Esa es la sensación que me deja Un viaje inesperado. Incidiendo en los errores cometidos en King Kong, Jackson nos ofrece un interminable espectáculo, orquestado primorosamente, escenas que solo producciones de este calibre pueden ofrecer (magnífico prólogo o la estupenda secuencia con Gollum), ambientación exquisita, efectos visuales merecedores de todos los premios, con un Martin Freeman que se hace con el personaje de Bilbo desde el primer momento, y unos enanos que son un manual de caracterización, al igual que orcos o goblins (con homenaje a Jabba incluido). Pero, cuando se encienden las luces, estoy aburrido, empachado y... ¡solo he terminado el primer plato!. Faltan el segundo y el postre. ¡Bufff!

martes, 11 de diciembre de 2012

Sentido y sensibilidad

De cuando en cuando, una película te hace recordar las razones por las que amo el cine, por las que me gustaría dedicarle mi tiempo más allá de la butaca en la sala oscura. Ojo, que no siempre tiene que ser una buena película, ni esas razones universalmente compartidas. Son las mías. Punto. La vida de Pi (Life Of Pi) forma parte de esa lista tan particular.

La novela homónima de Yann Martel llevaba tiempo acumulando polvo en mi librería, repleta de títulos que me llegan gratis gracias a un proveedor familiar (y que espero leer algún día), cuando supe que Ang Lee iba a adaptarla a la gran pantalla, en 3D, y con presupuesto holgado de la Fox. Conociendo la apasionante premisa argumental y sus evidentes dificultades, tanto a nivel de guión como tecnológicas, a la hora de transformar en imágenes las palabras de Martel, mi curiosidad inicial fue trasformándose en ganas, pero que muchas ganas, de verla.




Entrevisté a Ang Lee con motivo de la presentación de Tigre y dragón.  Me encontré a un tipo menudo al que te costaba imaginar cabreado. Te transmitía, al mismo tiempo, seguridad absoluta y paz interior, cualidades indispensables para poder encarar esta película con unas mínimas garantías de éxito.


El inicio desconcierta. Tras unos créditos en los que, paulatinamente, vas entrando en el universo tridimensional que Lee ha creado para la película, bellos, al ritmo pausado de una canción de cuna interpretada en lengua tamil por Bombay Jayashri, pasamos a un planteamiento de la historia que me recordaba en sus formas al estilo de Jean Pierre Jeunet en Amelie, con postales espectaculares y coloristas, narración infantiloide  y flashbacks sincopados. Por un momento pensaba que, en lugar de La vida de Pi, estaba viendo La vida de Pooh. Estaba equivocado. Muy equivocado. Todo tenía su razón de ser, una explicación.

Cuando el tedio amenaza seriamente mis dominios, a base de conversaciones alrededor de credos, fés, y dioses varios, la familia Patel y sus animales se embarcan en un arca de Noé particular rumbo a Canadá. A partir de ese momento, todo cambia. El diseño, planificación y ejecución del hundimiento del barco es magistral. Cada plano, cada sonido y las tres dimensiones queriéndose reivindicar. No hacia falta. Quedaba el resto de película para comprobar que, en las manos adecuadas, esta tecnología tiene muchas sorpresas agradables por ofrecer. Experiencias únicas. Esto es solo el principio.

A partir de que tenemos a Pi (espléndido Suraj Sharma), una cebra, una hiena, una orangután y, por supuesto, a Richard Parker en el bote salvavidas, Ang Lee transforma la pantalla en un lienzo en el que sacar  el máximo provecho artístico a la tecnología puesta en sus manos. En ningún momento eres capaz de discernir si el tigre que estás viendo es real o digital, ni falta que hace. Se nota que, más que crear, se ha recreado en sus personajes y la historia ideada por Yann Martel. Un relato que, por su trasfondo religioso, puede irritar a más de un ateo que con solo oír mentar a Dios, Alá o Shiba se retuerce en la butaca. Incluso ellos, si la han visto en 3D, tendrán que reconocer que han asistido a una de las experiencias cinematográficas más agradables de su vida.

Reconforta saber que en Hollywood todavía existen ejecutivos capaces de dar luz verde a un proyecto de más de 100 millones de dólares sin estrellas como protagonistas (Depardieu tiene un cameo)que ni es una secuela, ni lo protagoniza un héroe de cómic. Tan solo un joven hindú, un tigre, un bote salvavidas y el mar. Ahí queda eso.








miércoles, 28 de noviembre de 2012

Ben y sus argonautas

Todos, en mayor o menor medida, tenemos en nuestra materia gris un backup de vivencias y experiencias en forma de miles de imágenes de nitidez variable, captadas desde el protector refugio uterino hasta este mismo momento. Algunas son tamaño carnet, otras de dimensiones descomunales, muchas de ellas incompletas.

Entre las que conservo con mayor claridad de mi infancia, desarrollada en buena parte bajo baños de rayos catódicos, están las de un grupo de encolerizados energúmenos (y energúmenas) en lo que luego supe eran los exteriores de la embajada de Estados Unidos en Teherán. Mis padres no supieron explicarme bien qué pasaba pero, recuerdo como si fuera ayer, el rostro de Jomeini me daba mucho yuyu. Hasta que vi en un cine a Darth Vader poco tiempo después, para mí Jomeini era la personificación del Mal. Ni Lucifer ni mi encargado de curso: Jomeini, tío chungo donde los haya.


Probablemente, The Town: ciudad de ladrones, la anterior película dirigida por Ben Affleck, es una de las mayores sorpresas que me he llevado en el cine recientemente. Por esto, y por lo que os he contado al principio, mis expectativas a la hora de sentarme a ver Argo eran, cuanto menos, altas.

La verdad es que, incluso dejando de lado el argumento central, la película merece mucho la pena. Estamos ante un exquisito, minucioso y sentido repaso al backup setentero personal de Affleck y el guionista Chris Terrio. En cualquier detalle, ya sea la decoración de una habitación infantil (a la que se saca provecho en un epílogo que me produjo un éxtasis teresiano), fragmentos de informativos televisivos, elección de canciones, planos detalle de objetos, maquinaria, tecnología, vestuario. No hablamos de una correcta labor del diseño de producción. Aquí se ha querido ir más allá. Se ha pretendido, con éxito incontestable, pulsar las teclas de la nostalgia bien entendida. Solo así se explican las referencias a El planeta de los simios, Star Wars, Dire Straits o al periodista David Frost.

A esto hay que añadir la historia , basada en hechos reales, del rescate a cargo de la CIA de los funcionarios de la embajada norteamericana ocultos en la casa del embajador de Canadá y que se hicieron pasar por miembros de un equipo de rodaje en lo que se llamó la crisis de los rehenes, ocurrida durante la revolución islamista que derrocó al Sha, enfermo terminal, en 1979, cuando Jimmy Carter estaba a punto de abandonar la Casa Blanca.

Con un políticamente incorrecto prólogo, en el que se pone claramente en evidencia a la administración norteamericana por prestar apoyo al régimen de Mohammad Reza, Argo, con varias licencias dramáticas, no es sino un panegírico a agentes de CIA como Tony Mendez y su oculta labor en la resolución de entuertos organizados a causa de acciones previas de la propia agencia. 

Y Affleck lo hace bien. Francamente bien. Con un montaje primoroso y estética clonada de títulos referencia de la época firmados por Sidney Pollack o Alan J. Pakula. Su carrera como director, con tres notables títulos, nos deja la agradable sensación de que todavía tiene mucho y bueno que ofrecer.

Producida, entre otros, por George Clooney, Argo podría convertirse en una de esas películas recordadas no solo por sus mayores o menores virtudes cinematográficas, que siempre son discutibles, sino por estar dotada de ese "algo más" que transforma un título a priori del montón en un objeto de culto venerado por una legión de nuevos argonautas, entre los que me encuentro.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Bond se resetea

Se han dado varias circunstancias para que el estreno de Skyfall haya estado precedido de una expectación incluso mayor que en las 23 ocasiones anteriores. Por un lado, la crisis financiera de la Metro obligó a los gestores de la franquicia, Eon Productions, a aplazar más de un año el rodaje. Por otro, el 50 aniversario desde 007 contra el Dr. No (Dr. No) ha supuesto una campaña sin precedentes: lanzamiento de la colección completa en Blu ray, exposiciones o subastas. Por último, la aparición de Daniel Craig como Bond escoltando a Isabel II en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Londres, acontecimiento seguido por millones de personas de todo el mundo.



Pero crear expectación es un arma de doble filo. Baste recordar, sin ir más lejos, lo ocurrido con la anterior entrega, Quantum Of Solace (2008), decepcionante continuación del apasionante arco argumental abierto con tino por Martin Campbell en Casino Royale, una de las mejores de la saga.

En Skyfall, por primera vez, una película de 007 pasaba a manos de un autor, un cineasta con lenguaje propio con un Oscar en el curriculum, aspecto éste no relevante pero sí novedoso. Sam Mendes ha dado buenas muestras de que es capaz de sacar chispas a los repartos y alcanzar (casi) la perfección formal en títulos como la brutal American Beauty, la estéticamente impresionante Camino a la perdición (Road To Perdition) además de las estimables Jarheads o Revolutionary Road.

Pero si hay algo achacable al cine de Mendes es su frialdad. Aunque su filmografía desborda carga emocional, ésta no acaba de traspasar la pantalla, mantiene las distancias con el espectador, diluyendo el poso que deberían dejar las desgarradoras historias que nos había contado hasta ahora. Era previsible, por lo tanto, que con Sam Mendes en la dirección, James Bond afrontaría circunstancias personales trascendentales para el devenir del personaje. Todo ello sin perder de vista la esencia de lo que una película de 007 debe tener.

En un chat promocional, Mendes y Craig me respondieron a este respecto (el de cómo mantener la esencia de la saga) que "No creo que haya una respuesta sencilla, pero lleva muchísimo trabajo hacer algo que tiene un toque tradicional, que permanece, pero a la vez es moderno, buscando la originalidad. (Sam). En Skyfall intentamos mantener la esencia de Bond, pero de la manera menos obvia posible (Daniel).


Y, sin desvelar aspectos fundamentales de la historia, es hora de decir que misión cumplida. Skyfall no solo cierra magníficamente el camino emprendido en Casino Royale sino que coloca la barra a una altura difícilmente superable para el siguiente ocupante de la silla de director.

La balanza se inclina claramente hacia lo que funciona frente a lo que no. En el primer aspecto sobresale el guión de los habituales Neil Purvis, Robert Wade a los que hay que añadir a John Logan (Gladiator),que ya ha firmado por las dos siguientes, la bella, acertada, variada y espectacular fotografía del veterano Roger Deakins, sobresaliendo la secuencia que se desarrolla en un rascacielos de Shanghai, elegante, original, impresionante. La canción de Adele es, seguramente, de las más brillantes jamás compuestas para 007, acompañada de unos magistrales créditos que dan más pistas que nunca sobre el argumento. Una lástima que la correcta música de Thomas Newman no saque más provecho de ella en momentos clave. ¡Qué decir del reparto! Es difícil poder juntar a gente tan competente, cada uno en lo suyo. Dando por hecho que Judi Dench y Craig ya han hecho suyos sus respectivos personajes, consiguen dar forma a lo que hasta ahora era un esbozo. Inteligentemente, Javier Bardem ha sabido coger de aquí y de allí para dotar a su papel de villano de elementos distintivos con respecto a otros de la saga, sacando hasta la última gota de jugo a las contadas escenas en las que está en pantalla, de forma que Silva perdurará en el tiempo, ocupando la silla más cercana a la de Auric Goldfinger, Blofeld o Max Zorin (referente claro).

Skyfall cumple con el triple objetivo de entretener (a pesar de su metraje), dotar de una mayor tridimensionalidad a un personaje con 23 películas a la espalda y, lo que es mejor, dejándote con ganas de más gracias a un epílogo que hará las delicias de todos los que sentimos aprecio por James Bond que, afortunadamente, will return.




¿Una nueva esperanza? Cinco detalles sobre el acuerdo Disney Lucasfilm


Han pasado un par de semanas desde el pepino informativo: Disney adquiere Lucasfilm. Así, de golpe, sin filtraciones, ¡zas! en toda la boca y con Sandy pasándoselo chupi en Manhattan. ¡Toma perturbación en la Fuerza! A pesar de ello, la falla de San Andrés se mantuvo impasible.

Ya conoces las (obscenas) cifras del trueque, algunas reacciones e incluso las primeras confirmaciones oficiales de la segunda parte de la madre de todas las primicias: Habrá Episodio VII de Star Wars en 2015 (y nueva peli cada 2/3 años).

Antes de escribir esto necesitaba reposarlo. Mucho. Como tantos aquí y allí, más o menos frikis, parejas de frikis, iniciados o simplemente observadores distantes de las idas y venidas del universo galáctico, experimenté una sensación extraña al leer la noticia. No lo voy a negar, al principio me invadió una inédita mezcla de pena, rabia y excitación que pusieron de manifiesto lo que George Lucas y su obra significan para servidor. Por mucho que el raciocinio madure con el tiempo y sea capaz de relativizar las cosas, el corazón puede más. Mucho más.

Pero lo que en caliente se ve de una manera, en frío se puede ver de otra. Y es en uno de estos últimos momentos en los que estoy escribiendo.  Podría resumir todo este mejunje en cinco pensamientos en alto.


Una imagen vale más que mil palabras. La foto tiene algunos años.



1.Se veía venir. En los últimos meses, Lucas había manifestado en varios foros que lo dejaba, que a otra cosa mariposa, que, nunca mejor dicho: “hasta luego Lucas”. El origen de la decisión yo lo encuentro en las reacciones furibundas, viscerales a todo lo que proviene de Lucasfilm en los últimos años, particularmente la trilogía compuesta por los episodios I, II y III de Star Wars. Incluso existe un conocido documental de 2010 titulado The People vs George Lucas (El pueblo contra George Lucas) en el que diferentes voces admiten su devoción reverencial por el universo galáctico pero que sienten como una violación sin anestesia el resultado de las precuelas. Poco más o menos lo mismo se ha llegado a decir de la cuarta de Indiana Jones en South Park. Por no hablar de algunos de los retoques efectuados en la trilogía original con motivo de su lanzamiento en Blu Ray. La polémica por el tráiler de la peli de Mahoma es pecata minuta comparada con la que se lió con el “Noooooooo” de Darth Vader insertado en la escena culminante de El retorno del Jedi. Era como si Seth Green se lo hubiera propuesto como gag para Robot Chicken y Lucas dijera en plan Doc Brown: “¡Sí, buena idea! Así mantenemos la estructura espacio-tiempo”. Cual Calimero, el tío George, acostumbrado en otra época a encendidos elogios, respondió al New York Times hace pocos meses que se retiraba y que él no haría más películas de Star Wars porque, básicamente, le ponían a parir.
Cartel de Red Tails


2.Red Tails. Pero si lo anterior han sido pistas que han desembocado en el desenlace que ya conocemos, la gota que ha colmado el vaso ha sido Red Tails, una película de la que hemos hablado en este blog en más de una ocasión sin haberla visto y que, desgraciadamente, ha cumplido con todos los temores expresados ya hace meses. ¿Cuál es el problema de Red Tails? Dos palabras: es mediocre. Con todas las letras. Lucas se quejaba de que ningún estudio la quería distribuir ni en USA (la Fox finalmente se hizo cargo de ella pero todos los gastos se los facturaron a Lucasfilm) ni menos aún internacionalmente porque, decía él, era una película en la que solo salen negros, con lo que su venta es difícil. ¡Qué racista es el mundo, tío George! Mentira podrida. Naranjas de la China. La verdad es que su venta era misión imposible porque es mala, coño.  Hecha como hace cincuenta años en lo referido a guión, con chirriantes diálogos, malos muy malos, buenos muy buenos, estereotipos, o peor. La banda sonora del gran Terence Blanchard no encaja y los combates aéreos, su plato fuerte, eran más realistas en Pearl Harbor. Red Tails se mantiene inédita en la mayor parte del mundo y, haciendo cuentas, ha sido un mal negocio para Lucasfilm. Tristísimo epílogo cinematográfico como compañía independiente. Chiste fácil, un final negro.


Kathleen Kennedy
3.Kathleen Kennedy. El nombramiento en junio de este año de Kathleen Kennedy como co-presidente de Lucasfilm dejaba a las claras que Lucas iba en serio, que la empresa que había creado y dirigido durante más de 40 años (nació, como servidor, en 1971) cambiaba paulatinamente de manos. En un principio parecía que el cambio solo afectaba a quién manejaba el timón, no que iban a vender todo el barco. Claro que, bien pensado, no era lógico que alguien como Kathleen Kennedy, productora habitual de Spielberg desde E.T., más que establecida, con empresa propia The Kennedy/Marshall Company creada junto a su marido, el también productor/director Frank Marshall (saga Bourne, El sexto sentido, etc), quedara como títere de Lucas en una empresa sin proyectos cinematográficos conocidos, con franquicias más que lucrativas en punto muerto (Star Wars, Indiana Jones…), una buena serie animada en antena pero que encara su quinta temporada (Clone Wars), otra de acción real aparcada sine die por razones presupuestarias y la astracanada de Seth Green Star Wars: Detours. El resto es gestión de filiales reconocidas, referentes en su campo, como ILM (efectos visuales), Skywalker Sound (post producción de audio), Lucasarts (videojuegos), el idílico complejo que es Skywalker Ranch y las miles de licencias de merchandising. En principio, una labor no para una productora en activo (acaba de estrenar Lincoln de Spielberg) sino para un equipo de lumbreras en el terreno de las ventas y/o finanzas. Una vez sabido que Kennedy será la productora ejecutiva de la nueva trilogía todo encaja.



4.La sombra de Disney. La (discutible) reputación de Disney como empresa que infantiliza todo lo que toca, transformándolo en productos ñoños insuflados de moralina barata, orientados únicamente a la idiotización poblacional y a la venta de merchandising, ha sembrado cierta inquietud (por no hablar de miedo) entre no pocos sectores. Yo, honestamente, no pienso así. Ahora que estoy rodeado de infancia veo ciertas cosas con una mirada distinta. Detrás del cursi doblaje latinoamericano, canciones de dudoso gusto o lo edulcorado hasta la náusea que puede llegar a ser todo lo que rodea el mundo ideal que viven las princesas Disney, hay una innumerable cantidad de momentos cinematográficos magistrales, obras maestras imperecederas que han sobrevivido mejor que los demás el inefable paso del tiempo. ¿Acaso existe algún tierno infante que haya visto alguna película de los años 30 que no sean Blancanieves o Pinocho? Por no hablar de sus parques temáticos. Las cifras hablan por sí solas. A pesar de ser deficitario, Disneyland París es la atracción más visitada de la culta, elitista, moralmente superior y arruinada Europa. Y no será porque no haya cosas que ver, aunque sea solo en Francia. El imperio parido por el otro tío, Walt, ha sabido sobreponerse a dificultades serias, crecer y establecerse como, seguramente, el grupo de entretenimiento global más influyente del mundo. Y nadie está obligado a ver sus productos. Más bien lo contrario. De hecho existen respetables grupos que prohíben el contacto de sus hijos con cualquier cosa que huela a Disney. Quiero decir que entra dentro de lo normal que el universo Star Wars o el de Indiana Jones sean un tentáculo más del gran calamar. En realidad ya formaban parte de él en atracciones como Star Tours, Indiana Jones And The Temple Of Peril o el cortometraje musical en 3D, protagonizado por Michael Jackson, Captain Eo, co-producido por Disney y Lucasfilm.



Michael Arndt
5.El futuro. Las respuestas empezarán a llegar en 2015 pero yo estoy tranquilo, convencido de que a los que nos gusta Star Wars, aunque empecemos a tener una edad en la que ciertas demostraciones de alegría nos pueden acarrear imputaciones penales, tenemos fundados motivos para esperar que aquello que queríamos ver, más que cualquier otra cosa, desde 1983, fecha del estreno de El retorno del Jedi, llegará, a lo grande, dentro dos años. Lo hemos comprobado con Pixar y la magistral Toy Story 3 o la apabullante Los Vengadores (The Avengers) de Marvel. Disney quiere seguir ganando fortunas con su patrimonio. Debe asegurarse que su billonaria inversión en Lucasfilm vuelva en forma de billetes verdes, descargas legales y millones de figuritas de Han Solo con artritis, princesas Leia en rehabilitación o de Luke Skywalker transformado en primo de Jabba (a no ser que Mark Hamill se someta a la dieta del cucurucho). Dicho de otra manera, tienen que dejarnos con hambre de más a todos. A los fans originales, a los de las precuelas (que ya tendrán veintitantos y son los que ahora llenan las salas) y a las nuevas generaciones. Está claro que Darth Vader o el emperador Palpatine es difícil que vuelvan, John Williams podría, aunque es poco probable debido a su edad, componer la primera banda sonora, crear un primer tapiz de temas y dejar a otros como Michael Giachino (tiene todas las papeletas) que sigan su desarrollo. Luke, Leia o Han Solo harían las veces de Obi Wan o Yoda en las primeras películas, mentores de una nueva generación de atractivos mozos/as que recojan el testigo. Incluso pueden jugar con el indudable impacto de matarlos, asesinados vilmente por la reencarnación de los lores Sith. Siempre pueden colocar a R2, C3PO, Chewbacca, que no envejecen y dan mucho juego. En pocas palabras, tienen muchas cartas para jugar porque, por lo que se ha dicho, no van a tener en cuenta lo ya publicado y van a ser historias originales. La elección de Michael Arndt (Toy Story 3, Pequeña Miss Sunshine o Hunger Games 2) como guionista del episodio VII no hace sino confirmar que, seguramente, lo mejor de Star Wars está por llegar.



sábado, 6 de octubre de 2012

50 años y hecho un chaval


Ceremonia de Apertura de los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Para los anales de la Historia de la televisión. James Bond (Daniel Craig) escolta a la reina Isabel II (la auténtica) hasta un helicóptero, sobrevuelan el Támesis, llegan al estadio olímpico y monarca y agente secreto se lanzan en paracaidas. Esta escena ilustra a la perfección la trascendencia de uno de los mayores iconos británicos: Bond, James Bond.

Mi primera experiencia con él fue a los diez años, en 1981,con Solo para sus ojos (For Your Eyes Only). Teatro Buenos Aires. Como si fuera ayer. Flipé con todo, los créditos con la canción de Sheena Easton, el vibrante inicio (siempre he sentido cierta fijación no explicable por las escenas de hundimientos), la persecución por la pista de bobsleigh, la caída libre de Bond desde uno de los peñascos en el ficticio San Cirilo quedándose colgado de una cuerda, me enamoré de Carole Bouquet y, sí, Roger Moore me pareció que bordaba su papel. Serio cuando tenía que serlo, guasón, galán y con inmejorable planta.

A partir de entonces no me he perdido una, es más, las espero con impaciencia. Son como el vino. Conoces el sabor, sabes lo que es y por eso repites, pero admite miles de matices y, a veces, alcanza lo sublime. Esto último con dos películas: Goldfinger y Casino Royale.

No ha habido, ni habrá, una serie que alcance el medio siglo en tan buena forma. Por supuesto que ha tenido altibajos, un puñado de películas objetivamente malas (hasta esas me gustan), pero no es menos cierto que ha logrado retener una esencia que permanece en mayor o menor medida inalterable. Y ya van cinco décadas. Ahí queda eso. ¿Cómo ha sido posible? Se me ocurren varias razones:

El personaje: Independientemente del actor que lo haya interpretado, Bond, tal y como fue creado por Ian Fleming, es lo que a la mayoría de tíos nos gustaría ser: viril, canalla, con una txorba-agenda envidiable, presupuesto para gastos ilimitado y, encima, con licencia para matar, el segundo verbo de la primera conjugación que más usa.


Eon Productions: El hecho de que desde Dr. No la última palabra la hayan tenido las mismas personas, al inicio los productores Albert R. Broccoli y Harry Saltzman (hasta que éste último vendió su parte por problemas financieros tras El hombre de la pistola de oro) y posteriormente los descendientes de Broccoli, su hija Barbara y su hijastro Michael G. Wilson, ha tenido una influencia definitiva en la uniformidad, que no homogeneidad, de la franquicia. Vital.

John Barry: Nadie entiende a James Bond sin su música. Autorías del tema principal aparte (atribuída en su melodía básica a Monty Norman), John Barry creó a lo largo de once películas el Bond Sound, recogido posteriormente y adaptado a los nuevos tiempos con oficio pero sin alma por David Arnold (recomendado por el mismo Barry a los productores tras el bodrio compuesto por Eric Serra para Goldeneye).

Ken Adam: También Peter Lamont, su sucesor. Diseñadores de producción de cuyos rotring han salido los míticos decorados de buena parte de la serie, en su mayoría construídos en los estudios Pinewood de Londres, que lo mismo reproducían los interiores de la mansión de Goldfinger, las entrañas de un volcán guarida (Solo se vive dos veces) o un petrolero que se traga submarinos (La espía que me amó). Fusión mágica entre localizaciones reales y recreaciones de cartón piedra, sí, pero meticulosas hasta el último detalle.


Maurice Binder: O los créditos de una película hechos arte. Una recopilación de la obra de Binder para 007 es un catálogo de tendencias del diseño entre los 60 y los 80. Una vez fallecido, Daniel Kleinman ha seguido (incluso mejorado) el legado de Binder con despampanantes ejemplos como Goldeneye.

Las canciones: Una recopilación de canciones compuestas para Bond incluye a, entre otros, Tom Jones, Paul McCartney, Nancy Sinatra, Shirley Bassey, Madonna, Louis Armstrong, Tina Turner, Duran Duran, Carly Simon o Sheryl Crow. Sobran las palabras.

Las localizaciones: Además de postales desde los lugares más glamourosos del planeta como París, Las Vegas, Venecia, San Francisco, Cortina D'ampezzo, Estambul, Egipto o Mónaco, 007 nos ha acercado (antes de que el cretino ese de Ryanair inventara los vuelos "baratos") a latitudes inaccesibles para el común de los mortales como las Bahamas, Tailandia, Japón, Hong Kong o los Alpes suizos. Y Londres, faltaría más, mucho London.

Iconos: Volviendo a la psicología masculina, es difícil resistirse a iconos tan freudianos como una buena botella de Bolinger, un vodka martini, un Aston Martin, la pistola Walther PPK o el Omega Seamaster (antes Rolex).

También están las mujeres, por supuesto. Pero ha habido millones de guaperas en el cine que se las han llevado de calle. Bond ha sido, es y será bastante más que eso.

Sé que no es lo más cool pero MI James Bond es Roger Moore. Sarcástico, cínico con las gotas justas de tipo duro. No me puede caer mejor. Lo que verdaderamente ha perjudicado su carrera es que ni él se ha tomado en serio como actor, pero ha sido el que más veces ha interpretado a Bond, hasta siete, era la opción preferida de Ian Fleming (pero tuvieron que optar por Connery ya que Moore estaba comprometido con El Santo) y en su grupo de películas están algunas de las mejores...y de las peores. Cuando Connery retomó el papel en Nunca digas nunca jamás (remake bastardo de Operación Trueno), Moore estrenó ese mismo año Octopussy y le ganó la partida en la taquilla. Por supuesto que la carrera de Sean Connery está a años luz de la de Moore. Pierce Brosnan aunaba buenas cosas de ambos pero los guiones no pasaban del aprobado raspado. George Lazenby tuvo una de las mejores historias de la serie pero el hecho de que él pasara de puntillas por el personaje ha dejado a 007 al servicio de Su Majestad en un injusto segundo plano. Timothy Dalton no acabó de encajar del todo con el personaje ni tuvo tiempo de moldearlo. Por el contrario, Daniel Craig, hasta insultado cuando se anunció su elección, ha sabido dar el salto que el personaje necesitaba, a pesar de la decepcionante, mareante, Quantum Of Solace. Pero es que Casino Royale es un peliculón. Veremos Skyfall. Sam Mendes dirigiendo y el gran Stuart Baird en el montaje son una garantía.

A Bond le queda mucho por contar, y a nosotros por gozar. God Save Bond!!

jueves, 30 de agosto de 2012

Un buen plato de alubias

No sé a ti, pero a mí, de vez en cuando, me apetecen alubias. Bueno, no es que me apetezcan, es que quiero comer alubias, mato por unas alubias. Pero las de verdad, las de toda la vida, hechas en puchero y con toda la chacinería: tocino, morcilla,costilla, chorizo (aunque no me guste). Y me quedo más ancho que largo.

Es evidente que suena mucho más cool decir que lo que me llena gastronómicamente es una emulsión con no sé qué de qué sé yo que me descubra nuevos sabores, al alcance de los paladares más exquisitos, ir más allá del filete, del huevo frito, que me hagan sentir como si estuviera en un anuncio de desodorante Fá, en el nirvana o en San-Gri-Lah. Por supuesto, faltaría más. ¿A quién no le gustaría eso?

Pero ayer quería alubias y cuando uno quiere alubias auténticas, sé dónde encontrarlas. Fue en Los mercenarios 2 (The Expendables 2). Me apetecía serie B macarra, diálogos delirantes, tiros, explosiones, sangre, humor geriátrico y ver juntos en la gran pantalla a (casi) todos los action heros de mi cada vez más lejana adolescencia (en edad se entiende). ¿De qué va la película? ¿Acaso importa?.

Simon West (Con Air, La hija del general), que sustituye a Stallone en la dirección ha dotado de un ritmo frenético a un conjunto de set pieces y escenas de diálogo en plan quién la tiene más grande, donde cada uno tiene su momento de lucimiento, aunque la aparición de Chuck Norris o el tiroteo en el aeropuerto merecen mención especial.

Con un indisimulado espíritu autoparódico, discurso facha sin complejos, frases ocurrentes que funcionan en inglés (I declare you man and knife o Rest in pieces!), Los mercenarios 2 no va de nada, ni lo pretende. Solo da al espectador lo que busca, ni más ni menos. Como un buen plato de alubias, no es lo más sano, ni lo más recomendable pero, de vez en cuando, sienta de puta madre.